TRADUCTOR

viernes, 4 de julio de 2014

IBARRECHEA : "CÚTER" PRIMERA PARTE (CUENTO UNO)


                                                                                I
    Papel y lápiz -dicen que pedía a cada momento-, quiero trabajar para que mi pueblo recupere los sueños serenos y tristes  de nuestros abuelos Peremerimbinos. 
Dicen que decía y que que se sentaba a escribir donde sea, a la hora que sea hasta quedarse dormido, y que cada vez que soñaba, al despertar tapaba uno de los frascos de medicina que estaban en las mesas de luz para que el sueño quede atrapado.
    Teófilo Cabanillas había nacido en Pueblo Saucedo, situado en la precordillera, cuando todavía no se hablaba de trenes ni de industrializaciones regionales. Eran los tiempos en que las viudas tomaban los fusiles de sus hombres muertos y luchaban por la independencia de Peremerimbé. Su padre, el teniente Temístocles Cabanillas fue abatido en la batalla de Las Playas. Su madre, doña Julie Smith, hija de misioneros gringos, fue la costurera de cientos y cientos de uniformes destinados a ser perforados por la metrallas. En los tiempos de la precaria paz, podía ver algunas pequeñas empresas que subían a los montes en busca de minerales para la fabricación de armas y municiones, y que traían consigo algunas máquinas asombrosas que perforaban las rocas y tenían hombres sudorosos y ambiciosos que tomaban mucho alcohol. 
Todo esto se hacía con las correspondientes autorizaciones del comandante Don Juan Penerguido, ilustre gobernador de Peremerimbé, Región que nacía en las montañas nevadas, que pasaba por las sierras del Indio muerto y desembocaba en los valles que llegaban al mar, tierra fértil como esa no se podía encontrar, decían los manuales escolares que estudiaba en la escuela. 
    Dicen que Teo, era el niño que les acercaba pan para venderles y que se entusiasmaba con las aventuras que aquellos mineros le contaban en algún momento de descanso. Dicen que estudiaba las semillas de las legumbres y hortalizas y que aprendió las distintas razas del ganado que pastaban. Dicen que fue creciendo entre libros y que cuando fue citado a la milicia, abordó un barco de otra bandera y sustrajo con sus compañeros, todos los elementos de meteorología modernos y que por eso el Comandante lo mandó a estudiar y fue el primer director del Establecimiento  Meteorológico Peremerimbiano.
    Dicen todos que Teófilo Cabanillas, nunca se quedó quieto y que eso de andar averiguando cosas que se le ocurrían a Dios y a la naturaleza por aquellos días, lo aburría. Entonces con papel y lápiz en la mano, cambió las planillas de informes diarios de los pluviómetros y otros artilugios atmosféricos para dedicarse a relatar la historia de su tierra y fascinar al pueblo con cuentos sobre aquellas máquinas asombrosas que empezaban a reemplazar al hombre y a los animales.

    Por decreto del comandante, fue tomado como empleado jerárquico de la primera editorial Peremerimbiana llamada "La Patria Justa."

    Este resumen que transcribo a continuación, son recortes obtenidos de los desaparecidos medios de comunicación de aquella época. Los títulos empleados en sus notas eran algo así:

“La última cena del Comandante Penerguido, consistió en dos chorizos hervidos en salsa de tomate, con cebollas, dos dientes de ajo y pimientos." 
    Mezcló todo con los porotos y se tomó dos grandes tazas de café. Esa tarde había cruzado la plaza que lleva su nombre, desde la Iglesia Nuestra Señora de Los Navegantes, donde habló con el cura párroco Arnulfo Sepúlveda y de allí hasta la oficina del correo,  donde envió la carta al gobierno central, aceptando las coparticipaciones de impuestos, la libre navegación por los ríos, Imbuté, Galpo y Naranjillos y el tránsito por los caminos barrosos y hediondos de su rica y fuertemente custodiada región. 
    Me afirmaba Eduviges una de sus cuatro mujeres, que el comandante ya estaba cansado de tantos conflictos territoriales por culpa de la riqueza de su tierra. Carlota, en cambio, quería la total independencia de la tierra que va desde la gran sierra del Indio muerto Mapuyo, hasta la cuenca del Imbuté. Ella, Carlota, había quedado viuda dos veces antes de ser la dueña de la cama del comandante todos los fines de semana, y que por ende, se convertía en su mujer favorita.
    El relato sigue diciendo que: 
Las otras dos señoras, Alcira y Guadalupe, guardaban luto y un apagado silencio, el silencio que guardan las combatientes enamoradas.
    Esta parte del relato es muy interesante. 
Al funeral del comandante no faltó nadie. Ni siquiera sus acérrimos enemigos políticos, ni los torpes funcionarios del gobierno central que tropezaron con el hombre más hábil, que hayan encontrado. Algunos querían certificar con sus ojos que la gran noticia era cierta. Otros, pensaban en la modificación inmediata de las leyes para adueñarse de la aduana del puerto de Peremerimbé y hasta erradicar las malas costumbres. La guardia personal del comandante, diseñó un estratégico candado que controlaba todo movimiento de los visitantes. Incluso la custodia del Presidente fue relevada y los otros miembros del Gobierno debieron contentarse con formar parte en la larga fila de ciudadanos comunes, que lloraban casi desconsoladamente ante lo incierto de su porvenir.
    La consigna a victorear por la muchedumbre era ¡La tierra es nuestra! ¡La tierra es nuestra!
Los puños se crispaban y elevaban al cielo y se volvían mansas manos que hacían la señal de la Cruz, al pasar al lado del inmenso féretro.
    Señala el cronista que:
Asombrado, el Gabinete Nacional, pergeñaba en silencio cómo sería el trato ante tanta multitud, fuertemente armada y leal al pensamiento del viejo guerrero, y que seguramente de ahora en más ya no considerarían a doña Carlota como una enemiga. Habían encontrado en fugaces reuniones que a ella le gustaba más el dinero que la bandera tricolor de su tierra. 
    Y un detalle importante que no figura en ningún capítulo de nuestra rica historia. 
"Las escaramuzas propiciadas por la Guardia Nacional para invadir, fueron ferozmente aplacadas por el organizado ejército Peremerembino, que expuso los cuerpos de los enemigos colgados de los árboles, a lo largo de la línea de divisa."  Afirma que nadie durmió en aquellas noches de velorio y que las cuatro viudas permanecieron de pié al lado del cajón lustroso. Que estando ellas, juntas al féretro, no aceptaron las condolencias del Presidente don Arturo Benavente, ni de ninguno de sus séquitos de Ministros encartonados, que según cuenta después, ellos se retiraron en el barco de la madrugada atacados de un fuerte dolor en el hígado, y en estado nauseoso.
    Más adelante hace referencia a un personaje llamado “el pequeño Didú.”
Dice que estuvo siempre a su lado, que le alcanzaba las mejores noticias que él luego redactaba y que ese niño enano de unos siete u ocho años andaba sonriendo y corriendo entre el gentío, mientras él, aprovechaba para ir hasta el telégrafo. 
Fue la única fuente directa de información, no dejaron entrar a ningún otro periodista. Algunos atribuyeron su suerte, al favoritismo que tenía por la causa Peremerimbiana. Señala que ya se habían marchado todas las autoridades vecinas a la región, cuando se dispuso el entierro del comandante por el Notario del Pueblo rebelde. Dice que se necesitaron doce soldados para levantar el cajón, colocarlo sobre el digno carro fúnebre y que este necesitó de cuatro bueyes fuertes para que lo llevaran hacia el Campo Santo de los Guerreros.  
    Casi poéticamente define aquel momento. 
“A pesar del llanto de miles y miles de hombres y mujeres, todos combatientes y trabajadores de la tierra y manufacturas, se podía percibir el lamento del hierro de las ruedas sobre los adoquines, y cada pisada de los bueyes en su lastimoso andar, como un lejano eco que solo nos dejaría una serena melancolía, difícil de olvidar.”
    En otra de sus notas titula: 
"Alcira, una de sus cuatro mujeres convivientes, me dijo que lo vio morir."
Ella me dijo mientras le pasaba jabón blanco a las ollas, que el comandante se levantó, como todos los días, a eso de las cuatro de la mañana, que ella ya le estaba preparando su desayuno con café, un poco de leche, dos bifes de hígado acebollado y una sopa, por si se quedaba con hambre, para que unte el pan. Cuenta que ella se secaba las manos con el delantal mientras le señalaba el recorrido que hizo el comandante después del desayuno, rumbo al patio. 
Salió por aquí -me dijo señalándome la puerta del fondo-,  se acercó a la higuera y la orinó. Mientras se acomodaba el pantalón eructaba y siguió caminando hasta la puerta del gallinero. La luna le iluminaba su larga cabellera blanca. Yo le dije que estaba fresco, que entrara, pero él siguió allí hasta que los gallos empezaran a cantar, entonces cayó. De repente cayó. 
Cayó de espaldas. Fue un golpe seco, toda su humanidad cayó contra las bostas de las gallinas.
    Agrega que su nuevo amigo el pequeño niño enano llamado Didú, le había contado que él estaba durmiendo bajo el carillón de la Iglesia porque el padre Arnulfo Sepúlveda le había dado permiso y que se despertó con el movimiento de las campanas. Dice que le dijo que parecía un lejano temblor de tierra. Algunas personas más le contaron que el soplido del impacto arrastró el polvo de la tierra, abrió algunas puertas, sacudió ventanas, se cayeron hojas, se despertaron pájaros, aturdieron oídos, movían cortinas, desperezaron amantes, hicieron ladrar a perros guardianes, y sonaron las alarmas de combate. Y luego el silencio.

¿Mi señor, mi señor, está usted bien? -Me dijo la señora Alcira que lo llamaba, toda temerosa y llorando antes que las otras llegaran-.

    Finalmente el joven periodista Teófilo Cabanillas, cierra el artículo con un recuerdo del Comandante Penerguido en una de sus conversaciones con él.

Yo recuerdo una frase del comandante Don Juan Penerguido, Caudillo jefe de la región de Peremerimbé, que anoté en mi libreta viajera. "Aunque suene a espanto, todo se va muriendo, anote jovencito, todo se está muriendo.”

    Dicen que Cabanillas nunca contrajo matrimonio, pues afirmaba que las mujeres volaban, "Las mujeres levantan vuelo en cualquier momento, sin importarles el estado del tiempo, ni del cuerpo, ni del alma. Yo las he visto volar en Peremerimbé."
   Dicen que en ciertas ocasiones  asistía a parturientas cuando el médico peregrino no estaba en el día ni en la hora indicada del acontecimiento. 
- Era más bien de estatura baja, de casi un metro sesenta y cinco centímetros de altura, de piel trigueña, y con varios kilos de más de acuerdo con los índices deseables, y que al momento de morir ya estaba totalmente calvo - señala una foto borrosa de Teófilo Cabanillas el señor  Santos Poussin-.
Sus ideales lo llevaron a la tumba -dice Hipólito Huaman, mientras apagaba con la suela de sus zapatos, la colilla del cigarrillo-.
     Dicen que era temeroso de Dios y sus designios y que usaba ropa clara para llegar uniformado al cielo.

"Que pongan un arma en mis manos, que la pongan ahora mismo” habría ordenado el Caudillo de la Sierra del Indio Muerto, Don Teófilo Cabanillas, que era periodista, escritor, historiador y hasta médico no recibido de parturientas que atendía con una dedicación y esmero ejemplar vea usted, señor periodista, y resulta ser que un exaltado que huía despavorido por allí le alcanzó un Marling cuarenta y cuatro y medio –contaba Santos Poussin, hijo de Europeos que estaba instalado en la mesa del bar de don Escolástico Funes, bebiendo y hablando sin parar, como beben los hombres que alguna vez estuvieron en la región de los Peremerimbinos-. Sepa usted que cuando me hice de los recortes de esta historia que le voy a contar yo tendría entre trece o catorce años y que mi padre era el proveedor de insumos para la edición semanal de un periódico llamado “Crónicas Peremerimbianas” que el Gobierno Conservador de aquellas épocas mando a destruir. Quemaron todo, y hasta a las mismas cenizas les volvieron a prender fuego. Pero antes que la memoria me juegue algunas de las malas y me deje corriendo atrás del carro, le voy a relatar, aunque no se muy bien en qué grado de veracidad, usted recibirá este comentario. Pero sin más documentos que mi memoria, sin más artilugios que la verdad del recuerdo, y con otra copa de pisco fuerte, le cuento todito, mi estimado amigo periodista -algunos comensales curiosos se arrimaron a la mesa-.

-Decía mi padre cuando llegaba a casa y después de lavarse las manos en el lavatorio de la galería, que Cabanillas había sido un buen hombre, que se lo veía tranquilo con su traje de color blanco tiza y un moño austeramente negro en el cuello de la camisa, que se lo veía, caminar de aquí para allá, porque la tecnología avanzaba y que cada vez había más periódicos afines al gobierno y que ninguno relataba las viejas historias de la ciudad de Peremerimbé, que yacía bajo el agua del enorme dique que atrapó sin misericordia al río Imbuté. Ya no había próceres, ni poetas, trataban de borrar todo vestigio de aquel pueblo heroico, quitándolo de la memoria de los últimos sobrevivientes, como si nunca hubiese existido. Hasta que un día, Teófilo Cabanillas explotó en una furia incontenible. Decía mi padre que decían que fue cuando se asomó a ver la espuma de uno de los dos vertederos para las usinas eléctricas y que vieron en el agua flotar un féretro que había emergido y que uno de los allí presentes gritó exasperado ¡Cielo Santo, Cielo Santo es el cajón del abuelo Juan Bautista! Y que el pobre desgraciado se arrojó a las aguas vestido con uniforme de ferroviario y que murió ahogado y destrozado por el caudal, solamente por tratar de recuperar el cajón. Los diarios que estaban apareciendo, destacaron que se trató de un suicidio de un loco que veía visiones como todo Peremerimbino.

-Ser, o tener los ideales que tenía esa gente, lo señalaba como a un revolucionario, un contrabandista, una persona deshonesta, ilegal y hasta hijo de mala madre, señor -señaló un tercero, desde otra silla en la mesa cercana a la puerta y levantándose se arrimó a nosotros-. 

- Mi nombre es Ernesto Serna, soy un granjero nacido en las cercanías de Naranjillos pero aquí todos me conocen por “el Chungo Serna” y quiero agregar que dicen que, sencillamente hablaban de que aquella gente sufría el síndrome del desarraigo o algo parecido y que por ello alucinaban, pero mi abuelo nos contaba que efectivamente vieron salir a flote varios féretros, del lago Imbuté. No tuvieron piedad ni con los muertos.

- Eso también contaba, mi padre –Agregaba Poussin-. Y eso hizo que Teófilo Cabanillas, alzara primero su voz en algunas de las plazas, pidiendo la reivindicación del pensamiento y todos los derechos de los descendientes Peremerimbinos. Luego intentó abrir nuevamente algo parecido al “Crónicas Peremerimbianas” y que finalmente, con el odio metido en la sangre, se le acercaron varios idealistas, delincuentes, gente que no tenía nada qué hacer y se fueron sumando a lo que se llamó “A Turma sem bandeiras.” Un nombre que les puso Marcela da Silva, una de las mujeres de los Fontana, que era de piel bien oscura y que finalmente se volvió a su tierra porque quería aprender a pilotear aviones para repartir periódicos desde el aire, por toda esta Sudamérica. Cosas que se les ocurrían a algunas mujeres, que querían volar. 

-Contaban además que los tipos se fueron armando lentamente y como en lo que dura un bostezo, aparecieron los delitos. Muy pero muy lejos del pensamiento de Don Teófilo.
    Hubo un brazo armado, donde andaban metidos los hermanos Fontana, que desvirtuó aquella lucha ejemplar del uso de la palabra como fundamento que exponía Cabanillas. Siempre aferrado a la historia. Y fue allí, en Naranjillos donde se hicieron fuertes. 
- Naranjillos era un caserío que albergó a los Peremerimbinos caídos en desgracia. Pero ya no figura ni en los mapas escolares.
- Dicen que la gente los quería, porque algunos repartían algo de lo que robaban por aquí y por la capital, y que el gobierno mandó al Ejército porque ya era insostenible esa avalancha de secuestradores, asesinos y delincuentes escondidos bajo los ideales justos y muy bien fundamentados del reconocimiento al pueblo originario Peremerimbino. 
- De sus logros como comunidad, de su enseñanza, de sus labores. Pero parece que los tipos se fueron volviendo locos.
- Yo diría, que algunos se fueron enriqueciendo aprovechando la flaqueza intelectual de sus “camaradas” –agrega Moncho Páez, pidiendo permiso para intervenir y continuó así-. Dicen que había de todo. Fíjese el caso de la Cachita, este es un hecho que muy pocos saben pues sistemáticamente se fue eliminando todo vestigio documental. Pero La Cachita, era una mujer que tenía dos o tres hijos de distintos padres y que dicen que estaba instalada en la casa de citas de las mujeres solidarias de Naranjillos, llamada la casa de citas “Rosa Blanca”. 
-Que dicen que dicen, permiso amigo, no se trataba únicamente de putas –acota en un tono de voz grave, Santos Poussin-.
- Así es, cualquier dama que precisaba de dinero, se instalaba en un cuarto por un módico alquiler, decían eso, parece que primero Teófilo conoció a La Cachita en ése lugar, la sacó de esa casa a ella y a sus hijos, la ubicó en su pequeña casita cerca del embarcadero que había en Naranjillos y dicen que un día, cuando volvió de la Sierra, la encontró de nuevo en la Rosa Blanca, y con una fila de hombres pescadores olorosos esperándola, con el boleto del “pase” en la mano -sostenía Moncho Páez-.
- Así es, él había viajado a las poblaciones de la Sierra, donde había llevado manuales explicativos de lo que fue el Imperio Peremerimbino para ser repartido entre alumnos, y decían que en algunos establecimientos tuvieron que entregarlo por la fuerza, porque los docentes no querían saber nada con ellos, por orden del gobierno.
- La cuestión es que agarró sus cosas, y se instaló en la parte de atrás del “Crónicas”, Y largó a la Cachita al mundo desde donde ella venía, ya estaba cansado.
- La tal Cachita, en su vuelo, se quedó finalmente con todos los bienes del finado Cabanillas, y posiblemente haya estado juramentando amor a cada cliente que entraba.
- Dicen que ella murió con un cuchillo atravesado en la garganta, desnuda, en el invierno siguiente, igual que los otros guerrilleros Peremerimbinos, igual que la gitana que amenazó al pequeño Didú. 
- Y dicen que dos de los matadores de Cúter, hace veinte años, eran hijos de ella. Los pobres diablos murieron de muerte natural en prisión ¿usted cree?
- Recuerdo que contaba mi tío, con asombro que la casita de Cabanillas era un hermoso cuarto con cocina y baño y que tenía un amplio ventanal desde donde se divisaba el puente angosto que volaron los milicos,  justo atrás de la Imprenta y “oficina” de los rebeldes –dice el Chungo, que agrega-. Me contaban unos tíos, entre ellos mi padrino, señor periodista, que entre la furia de palabras que usaba Cabanillas en sus arengas, metió su “Oda a las putas.” Algo así como la letra de un tango, no sé si me entiende, oda a las putas, todo un cabrón don Teófilo Cabanillas, me lo imagino pues no me acuerdo bien de él, yo era muy chico, pero era algo así:

¡Oh glorioso pueblo Peremerimbino!
Dignos dueños de la tierra,
qué va desde el inmenso mar,
hasta las montañas nevadas del Indio Muerto.
Bravo Cacique Mapuyo.
Soberano aliado en las lides
de nuestro Comandante,
el bravo Coronel Don Juan Penerguido.
Ante ustedes pido.
¡La gloria en las batallas!
¡Y el coraje de las putas
En que he nacido!

    Algunos hombres presentes alrededor de la mesa parecían elaborar una sonrisa. Otros, bajaban la cabeza, como en señal de respeto.
- Hasta que de repente, un día fueron avisados que andaban unos tipos del Ejército dando vueltas por el monte, y salieron a enfrentarlos, dicen que decían y sin el conocimiento de don Teófilo Cabanillas, que de eso de combatir no entendía nada.
- Y dicen que fue uno de los Fontana el que mandó a emboscarlos y  liquidarlos.
- Gran error, se metieron con el brazo armado del Gobierno.
- Por culpa de eso, nuestros abuelos perdieron sus tierras.
- Allí nace el mito del tal sargento Tavares, “el llamado Cúter” que era un tipo más loco que estos locos y que a los tiros entró y liquidó a unos veinte, entre ellos algunos familiares nuestros, junto a su compañero, que era un tipo rubio que se llevó a la Teresa de los cabellos arrastrándola hasta el río, dijeron.
- La Teresa Paniagua era la enfermera que estaba de turno en la Unidad Auxiliadora Primaria, pues en el caserío no había ni hospital, ni curas ni policías adscriptos, según argumentaban los regionalistas y mucho menos íbamos a saber nosotros que solo éramos niños campesinos. Desconocíamos eso, totalmente.
- Nos contaban que se la llevaron para el río, después volaron el puente y nunca más nadie los vio, a ninguno.
Si hubiesen dejado que vuelen el puente, no pasaba más nada, aseguraban. 
- Pero parece que los emboscaron y ellos reaccionaron así.
- Se le entendía poco a la Teresa, dicen, porque solo hablaba en Guaraní. Pero que escribía muy bien en Castellano, decían eso los testigos ¿verdad, señores?
Todos afirmaban moviendo la cabeza.
- Después se supo que el gringo rubio era un cabo primero llamado Guillermo Jensen. De acuerdo a las noticias, que decían que el Ejército los había dado por desaparecidos y muertos a los dos suboficiales y hasta negaban aquel enfrentamiento.
- Quedan muy pocas personas que hayan estado en esa parte de Naranjillos a la hora del tiroteo y de la masacre, ya son muy viejos, y de eso no prefieren hablar.
- Pero casi con certeza, todos recuerdan la mañana en que el poeta Cabanillas salió corriendo y se paró en medio de la calle escandalosa por el tiroteo y con el aire caliente por el tufo a pólvora y sangre, y que gritaba en pleno descontrol que le pongan un arma en sus manos, un arma que no sabía usar y que en el medio del fuego cruzado por el milico gringo y los llamados guerrilleros Peremerimbinos que estaban sorprendidos por la fiereza de esos dos militares malucos, que entraron a los tiros.
- Sucedió que en pocos segundos, según me contaron, vieron que de repente los dos quedaron frente a frente, midiéndose, Tavares, que iba derechito a buscarlo y Cabanillas que parecía no entender que estaba frente a la muerte misma.
Sorprendido, como si hubiese visto un fantasma errante.
A eso lo contaba mi padre, que leyó las “Crónicas de los que quedamos.” Antes de la requisa y quema por parte de la milicia del gobierno.
- Hay un relato de uno de los Fontana que lo debe tener doña Irene de De León, la viuda de Epifanio De León, que murió con un cúter en la garganta, seis años después, y que dice algo así como que Cabanillas levantó las manos y que el sargento, mesmo assim, le disparó sin piedad, ennobleciendo la actitud de uno y tirando a la mierda la del sargento del Ejército Nacional.
- Pero hay otro relato, el común que contaron quienes huyeron a salvar sus vidas y que, efectivamente, se ponen de acuerdo en que Cabanillas pedía un arma a los gritos, que decía que pongan un arma en sus manos, ¡ahora mismo carajo! dicen que gritaba y que le alcanzaron un rifle Marling.
- Con certeza no sabemos quién fue, y que cuando cargó un cartucho en la recámara se dio cuenta que tenía al sargento de frente, que el tipo tenía la cara pintada con barro y una pistola de uso reglamentario en su mano derecha y que le apuntaba pero que le dio tiempo al loco Cabanillas a que le apunte y le tire, y que Cabanillas, que estaba nervioso, erró el disparo y que lo último que entonces vio, seguramente, parece que fueron los dientes sonrientes del sargento, a través del barro en la cara, y que debe haber sentido el tufo maloliente de ese uniforme transpirado, orinado y manchado en sangre. 
- La bala le entró por el pecho a Cabanillas y dice por ahí mi tío uno de los que estaban escondidos, que el balazo lo tiró tres metros para atrás, lejos de su blanco sombrero que rodaba por la tierra de la calle.
- Hay quienes contaban que antes de morir, después de fallar su disparo contra el después famoso sargento Cúter, que don Teófilo Cabanillas de más o menos unos sesenta y pico de años, le pidió un segundo y definitivo tiro. Y que el sargento se agachó, sacó de su bota embarrada y llena de estiércol de las vacas un cuchillo fino, de los llamados cúter y que se lo clavó en la garganta. Como si nada.
- Todo eso en medio de un tiroteo, dicen que dijeron los que allí estuvieron y que ya nadie se acuerda quién lo dijo.
- Pero conste que todos nosotros, señor periodista, éramos muy chicos cuando todo aquello ocurrió, espero que comprenda.
- Disculpe usted, que no seamos tan precisos, pasaron cincuenta años de aquello. En un pueblo que no era el nuestro.
- Tal vez sea, porque como decía Cabanillas, ya estemos todos serenos y tristes.

    Yo estaba allí, tenía veintisiete años, lo recuerdo porque cumplí mis años un día antes de aquel tiroteo y con mi esposa y mis dos hijos, fuimos en la barcaza de los bananeros, los hermanos Virasolo, a pescar. Uno de ellos murió, creo que Agustín, aunque no tenía nada que ver con los de la turma de la Da Silva y del Macho Fonseca y don Cabanillas, simplemente se asomó por la ventana y el gringo le tiró. -Me decía el tío del Chungo Serna, don Servando. de setenta y ocho de edad-. Casi todos éramos parientes y vivíamos de las frutas y verduras que vendíamos al mercado. En aquella época era así, usted, sembraba, cosechaba y cargaba las barcazas, o los camiones que cruzaban el puente y tomaban el desvío para Naranjillos. Lo hacíamos por un buen precio. Les cargabamos todo lo que se podía y ellos se iban, a nosotros nos alcanzaba para vivir bien. Sabíamos distribuir las cosas, porque nuestros padres que venían de la zona de Peremerimbé, sabían trabajar así y así nos enseñaron. Decían que éramos locos. - Hace una pausa. cierra los ojos y pasa su mano por su cabeza calva. Mira por la ventana y me parece que la luz que le da en la cara, le da un aire de hombre santo. - Lo único que había era un negocio grande donde todos nos reuníamos en el salón para ver cine. El camión con las películas pasaba una vez al mes, estábamos bien.
    Mi sobrino "el Chungo" tendría unos diez o doce años, y algo debe haber visto porque protegimos a los niños tirándolos abajo de las camas, pero algunos no hacían caso. Murieron cuatro mujeres y quince hombres. Entre ellos Cabanillas, dos de los Fonseca, Céspedes, el que cantaba boleros, Vargas, que era mi cuñado y algunos más. Pero usted debe comprenderme, no me es fácil a esta edad. Cuando vino hace un tiempo atrás, otro periodista, que no recuerdo cómo se llama, un tal... Castro, creo, el escribió todo lo que le dije y me dio el papel para que lo guarde, no se llevó nada de lo que le dije, a menos que haya tenido una memoria prodigiosa, me dio la sensación de que se iba algo decepcionado conmigo. Es lo mismo que le conté a un juez que vino y anduvo por aquí. Pero no se preocupe que me lo se todo de memoria  -Giró la cabeza, dejó de mirar hacia afuera y me miró fijamente-. No se cuánto tiempo me queda de vida, pero quisiera morir sin sufrir el dolor de un balazo, y ver que mi sangre se esparce en la tierra. Como murieron ellos, esa mañana. Yo vi morir primero a uno de los Fonseca, a Fonseca el macho, que recibió un balazo en el vientre, se torció para adelante, abría los ojos bien grandes mientras caía de rodillas y miraba sus manos ensangrentadas, se quejaba del dolor y sus lamentos espantosos tapaban el sonido del vuelo de las aves, que asustadas, volaban desordenadas buscando lugares seguros. Así eran sus ayes, tapaban los ladridos de los perros, el escándalo de los puercos y de las gallinas, el ruido de los motores y las radios encendidas, y lo dejaron así, gritando mientras se desangraba y eso asustó a los otros que no tuvieron reflejos para ordenarse y el que se asomaba, moría porque el gringo tenía muy buena puntería, hacía ráfagas cortas con su ametralladora y después con un fusil y después con una pistola. Tenía más puntería que el sargento, que tiraba por más tiempo y rompía todo a balazos. Estaban parados uno al lado del otro, como que si algo les pasaba, morían juntos. Yo los vi. Eran el diablo en persona. Andaban juntos, y fueron a buscarlo a Cabanillas y Cabanillas salió pidiendo un arma, con su traje blanco y su sombrero de ala ancha en medio de la humareda de pólvora quemada y el griterío ensordecedor y allí se separaron los dos, cuando lo vieron a Cabanillas, el sargento tiro el arma vacía y saco una pistola Colt de su cartuchera y caminó hacia él. En cambio el gringo agarró a la enfermera de los pelos y la tiró a la calle y le pisaba la cabeza con sus botas llenas de barro y cargaba nuevamente el arma y seguía tirando. Y es ahí donde mata al segundo de los Fonseca, que había llegado hasta el techo de la estafeta de correos para apuntarles. También mata al perro de Juárez, que le ladraba insensible a los tiros y le destrozó el hocico. El perro tiritaba, se sacudía hasta que quedó quieto, cerca del macho Fonseca que se arrastraba por la calle gritando. Ese gringo era un loco de mierda.
    En cambio el otro, el que tenía la cara pintada con barro, y las insignias de sargento, parecía querer morir, no le importaba nada. Recuerdo que abrí la puerta gritando para que paren con eso, yo gritaba ¡basta, basta ya hombres! Yo gritaba por el llanto de mis niños y por la pobre enfermera que en cada soplido levantaba la tierra de la calle. Fue un acto suicida el mío. El gringo no me vio, pero el sargento si, entonces me apuntó y me tiró y la bala me debe haber pasado cerca. Me quedé paralizado levantando mis manos y entonces me dejó y se enfrentó con Cabanillas, Yo caí arrodillado y así me quedé, mirando todo.
    Claro que recuerdo quién le alcanzó el rifle a don Cabanillas, fue la loca de la Oscara Barragán, la Cachita. Ella le dijo algo que no entendí, no me acuerdo y se escapó por la callecita para el monte, con sus hijos. Ella no lo vio morir, yo si.
    Supimos los nombres de los milicos mucho tiempo después, en los comentarios ante el Juez y por las noticias que llegaron que decían que el Ejército Nacional los había dado por desaparecidos. Pero que quede claro que fue Cabanillas quien tiró primero. El sargento se reía y disparó el arma después, y el tiro le dió en el pecho, a Cabanillas que caminaba hacia atrás y cayó, hizo un intento por levantarse mientras el milico se le acercaba. Ahí es donde aparece el resto de los que murieron, esa pausa le dio tiempo al rubio para soltar a la Teresa Paniagua y volver a cargar el arma, no dejo a nadie en la calle. A mi parece que seguía sin verme yo me quedé tirado en el piso, boca abajo, pero ya no escuchaba nada, todo era como un sueño que transcurría lentamente. Los vidrios de las ventanas se despedazaban, las ramas se quebraban, el viento arremolinaba la tierra y el humo de la pólvora quemada y el matador de Cabanillas pasaba sonriendo como si nada ocurriera hasta las ventanas del salón comunal y de su morral sacó explosivos, encendió la mecha y se fueron. Exactamente por dónde entraron, se llevaron a la Teresa tirándola de los pelos. Solo en una cuadra hicieron eso. Yo me arrastré hasta la puerta de casa y la explosión me empujó hacia adentro, estuve por eso casi dos meses sordo. No estaban todos muertos, los heridos quedaron allí, muriéndose lentamente hasta que al otro día llegó el Ejército. Nosotros los abandonamos porque pensamos que ahora entrarían los otros soldados, Mi mujer, Herminia, nos sacó a los niños, y a mi, y nos llevó hacia el monte. El Puente estalló, casi al mismo tiempo.
    Yo creo que ni siquiera el finado Cabanillas vio el rostro de su matador. Cuando a mi me tiró vi a un tipo con la cara llena de barro, tenía un sombrero de lona que le daba sombra en la cara, daba miedo verlo. El otro era un gringo lampiño bien rubio. Con el tiempo se consiguieron algunas fotos de ellos. Todos reconocimos al gringo Jensen, que tenía los atributos de cabo primero del ejército, el otro era imposible.
    Quiero que sepa señor periodista, que nadie se la creyó, a esa cosa que anduvieron publicando por todos lados que habían desaparecido estos milicos y la Teresa en la explosión del puente. Ni que él famoso Cúter haya sido asesinado de treinta y seis balazos en Altos Moncadas. Aparte, durante veinte años después de lo de Naranjillos y veinte años después de lo de Altos Moncadas, siguen persiguiéndonos, siguen asesinándonos. 
    El gobierno nos fue reasignando lugares a los pocos que nos presentamos a recuperar nuestra tierra. A la semana no quedaba ni una casa en pié. Borraron Naranjillos de los mapas. Igual que a Peremerimbé. Ahora están sacando petróleo, donde mis padres y yo plantábamos zapallos.
    Teresita Paniagua era la enfermera que teníamos, una negra que hablaba en guaraní, cantaba en guaraní pero que escribía en castellano. vivía con sus padres por la misma calle pero más al fondo. Sus padres murieron de tristeza, ella era soltera y su sueño era vivir en la capital para estudiar medicina. Una negra jovencita, habrá tenido veinte años o menos quizás. Nadie se tomó el trabajo de contar algo sobre su vida, creo que la tomaron por traidora. Aunque yo conté lo contrario, decían que ella se fue con ellos y que debió resistirse. Yo dije que cómo podía resistirse una joven menuda y frágil con un loco que mató a veinte guerrilleros de la Turma sem bandeiras.
     Recuerdo a mi cuñado José Atilio Vargas, que empuñaba el fusil que le habían dado los Fonseca, estaba agazapado tirándole a los milicos desde adentro de su casa, cuando me vio tirado en el piso y el zonzo saltó la ventana y venía corriendo hacia donde yo estaba acostado. No se de dónde sacó un puñal el sargento y se lo tiró, se lo clavó en la espalda y cuando estaba el el suelo, su cuerpo era sacudido por otra ráfaga de ametralladora del gringo. Fue al que más tirotearon.
    Otra cosa que recuerdo fue cuando volvió la Marcela Da Silva, la que era amante o esposa de Javier Fonseca. Eran aquellos días en que andábamos con los papeles reclamando el pago de nuestra tierra. Yo la reconocí en la fila de la procuraduría, pero no la saludé. Pensaba que ella y los Fonseca habían armado a nuestros amigos para defender "la causa" que Teófilo Cabanillas se empeñaba en pelear desde sus papeles y lápices. Recuerdo que cuando ella llegó a la ventanilla la detuvieron, se la llevaron para adentro y nunca más supe de ella.
    Ya no tengo miedo, estamos en las manos de Dios. Herminia y yo estamos en las manos de Dios. La muerte me vio y pasó de largo, se fue por la calle del embarcadero llevándose diecinueve almas, a eso de las nueve de la mañana de un día domingo, en que había amanecido con un poco de viento, pero con una calma extrema, transparente, como anunciando algo. Una mañana serena y triste.

    Decía madama Leopoldina que cuando llegaba a su casa de citas el señor Teófilo Cabanillas, el lugar se llenaba de un aire "espeso de sabiduría y cultruroso" como cada uno de los músculos del señor de las letras, mientras suspiraba y volvía a sentarse a las anchas en su poltrona, para contar el dinero obtenido por aquel momento de amor fingido -me contaban ellas-.
    Leopoldina no sólo sabía tratar con amor y ternura a sus hombres, clientes y amigos. Era a la vez complaciente y sabía escucharlos, antes, durante y después del acto amoroso, ya que ellos se despachaban ante ella como en un confesionario, sumergidos en el medio de sus enormes y redondos pechos -afirmaban-. 
    Hombres venidos del lejano territorio de Peremerimbé, locos sedientos en reconquistar sus tierras por medio de la lucha armada y el uso de las palabras nostálgicas. Hombres abatidos por haber sido desterrados cruelmente por las decisiones del Gobierno. Hasta hombres Peremerimbinos traidores a la causa. Hombres Peremerimbinos porque si, y que navegaban en las aguas de los olvidos. Hombres Conservadores fieles al entonces presidente Benavídez. Hombres civiles y uniformados y en razón de tres o cuatro por noche, fueron los que lloraron, rieron, besaron, se babearon y se estremecieron en sus tetas totalmente exhaustos. Y solo ella conocía cómo se desahogaban en el impulso atroz que tenían por compartir sus sueños y sus secretos.
"Teófilo escribirá sobre la felicidad. Dirá este fin de semana en su artículo semanal que la felicidad es un mundo raro. Es tan loco y tan lindo mi Teo..." Dicen que decía.
"Corre Maruca, avisa a Benito Ponciano Márquez que fusilarán a todos los Barragán, me lo dijo el capitán Cepeda.." Dicen que así avisaba.
"Compren ahora los zapallos y calabazas de los Ponce Agudo, guarden sus semillas y siembren ustedes mismas en su casas, porque dice el viejo Serna que van a experimentar un producto químico que los hará mas rentable a partir del año que viene, en sociedad con los gringos Collman..." Dicen que alertaba.   
    La menor de los Barragán era la Oscara, conocida como La Cachita, que por toda ocurrencia se le presentó una buena tarde a la madama Leopoldina pidiéndole trabajo porque cuentan que le dijo que los locos de sus hermanos se habían metido en eso de la política siguiendo a un tal Teófilo Cabanillas, al Macho Fonseca, Céspedes, Vargas  y la Turma sem Bandeiras de la loca Marcela Da Silva y que le dijo que ella sola no podía con todos los quehaceres de una casa, que había mandado a sus hijos a que aprendan el arte de robar sin que nadie se de cuenta y que venía a esta casa la llamada "Rosa Blanca" por dos motivos.
    Cuentan que las dos estaban sentadas frente a frente y que la madama Leopoldina mandó a la putilín Martinica a que trajera algo fuerte para tomar diciéndole uno pa' mí y otrito pa`ella y que las dos se miraban sin pronunciar palabra alguna hasta que llegaron las copas en una fina bandeja de plata con una rosa tallada al centro, y que las dos se las tomaron de un trago en un mismo movimiento de manos y de brazos, y que las dos dejaron la copa vacía al mismo tiempo sobre la bandeja. Laura fue la que esta vez retiró las copas vacías y sin que la madama se lo pida las dejó solas y corrió las amplias cortinas para cerrar la sala y con una clara seña llamo a las demás a espiar y escuchar atrás de las telas coloridas y gruesas que supo dejar un mercader árabe, a cambio de llevarse a Purita Ibáñez Nazca, niña de catorce años que hacía sus primeros pasos en eso de vender amor en finos retazos. 
    Coinciden todas en sus relatos que madama Leopoldina solo le dijo que  hablara de una vez y que La Cachita se puso de pie delante de la madama y que se fue desvistiendo mientras le decía que el primer motivo era demostrarle que ella le haría el amor a los hombres mejor que cualquiera de la putas permanentes y de las que se las daban de puta y le alquilaban piezas por necesidad. Y que el segundo motivo era llevarla a cualquier cama o ahí mismo si ella quería para que sepa que nunca nadie le acariciaría sus enormes pechos como ella.
    Fue así, que a partir de aquella tarde durmieron por un prolongado tiempo juntas y cuentan que el hombre que las separó definitivamente fue el escritor don Teófilo Cabanillas que un buen día decidió llevarse a La Cachita con él y educar a sus hijos ladronzuelos.
    Algunas adjudican a que por rencor, haya sido Leopoldina la que tenía al tanto al Ejército Nacional de los movimientos de la Turma sem Bandeiras y el Movimiento Peremerimbino, pues haciendo memoria recuerdan que una mañana al despertar dijo que le había dado a ése sargento lo que nunca a nadie le había dado. "Ya no queda nada de mi cuerpo para que rompan los gusanos... valió la pena" -dicen que dijo-.
    Aseguran que de a poco se fue volviendo loca la madama Leopoldina.
Dicen que colgó un cartel en la puerta de su habitación que hizo hacer por un fileteador argentino que acertó a pasar por este lugar en una lujosa moto y con las alforjas llenas de pinturas y pinceles que rezaba "Oficina de Soluciones Rápidas y Efectivas" y que empezó a atender de uno, de a dos y hasta de tres hombres por vez y que un buen día las llamó a todas a la hora del desayuno y que les dijo que no se olviden de usar mucho jabón antes y después de "eso" y que como toda dama, "nosotras debíamos higienizar también al señor cliente," recuerden -dicen que dijo- donde están las toallas y los papeles higiénicos y que cada mes, el doctor Denis Maturano tenía la obligación de los controles sanitarios de los genitales, de acuerdo a las leyes vigentes así establecidas por el gobierno central. Siempre recordaba eso, y nos leía algunas frases sueltas de libros que le supo regalar el ahora finado Teófilo Cabanillas, muerto por el sargento Cipriano Tavárez, conocido como "Cúter" en el combate de Pueblo Naranjillos. 
    La última frase que ella leyó antes de pegarse un tiro delante de todas nosotras, sus "lindas putitas o putilinas" como nos llamaba,  fue la de un filósofo romano llamado Tácito que decía; 
"Tiempos de rara felicidad, aquellos en los cuales se puede sentir lo que se desea y es lícito decirlo."
Ellas me contaron esto, en un tono sereno y triste.

(Continuará)















José Antonio IBARRECHEA

2 comentarios:

  1. En un tono sereno y triste...excelente! muy buena introducción para "engancharse" en la historia de esta novela. Felicitaciones al autor. Conrado Naveras.

    ResponderEliminar
  2. Como siempre, su trabajo es impecable, amigo Ibarrechea...Al.

    ResponderEliminar

El comentario estará sujeto a la aprobación del equipo y su administrador. Gracias.