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viernes, 28 de febrero de 2014

TE LLAMARÁS MARION

Yo viví en una antigua casa de estilo colonial, cuyos moradores modificaron para convertirla en un prestigioso negocio de antigüedades y rarezas donde la mercadería se expuso abarrotada en mesas y estantes sin clasificar.
Durante el día, y para  dar lugar al recorrido constante de curiosos clientes y turistas, que entraban y salían, se ocupaba  la vereda angosta y concurrida, de una calle con adoquines centenarios.
En la esquina, mientras el semáforo lo permitía, una pareja de malabaristas mostraba sus destrezas a los conductores de los autos; al frente, un músico vestido de Mozart tocaba su flauta dulce  y en la plazoleta, completando éste pintoresco lugar, una pareja salpicada por la nostalgia, desplegaba su sensualidad, bailando un tango.
Pero volvamos a mi hábitat.  El anticuario, el dueño de la casa,  me había asignado un espacio reducido, casi insignificante, si lo comparaba  con el que ocupaban los otros personajes que me rodeaban.
Claro, ellos alguna vez habían frecuentado una  parte de la alta sociedad, por eso la preferencia, su orgullo, su mirada altiva…
Una tarde, en la que estaba muy entretenido contando a las personas que usaban sombrero, entró alguien medio escandaloso por su manera de vestir, pero tenía la bonhomía que tienen las personas llenas de cicatrices, y la mirada de las personas que están bajo una tenue llovizna.
 Me gustó, la verdad que me gustó. El aire bohemio que lo envolvía me trajo remembranzas, hasta  diría que nos elegimos, porque vino directamente hacia mí,  entonces sentí el calor de sus grandes manos, y escuché su voz susurrante diciéndome al oído: “Te llamarás Marion”.
(Nunca se dio cuenta de que yo lo miraba, nunca vio el saludo cómplice que nos hicimos con el vendedor)
Mi nuevo hogar consistía en un frío y oscuro departamento que ni balcón tenía.
Mis compañeros, además de Tentempié, así le decían los del barrio, fueron Escapulípides, un hermoso gato peludo blanco, y Vozarrón, que más que loro, parecía un diccionario andante.
Tentempié, que el mismo día que lo conocí, tenía un estado deplorable, ese viernes, comparándolo,  amaneció peor,  en una queja constante, y repetía sin cesar que todo le daba vueltas. Todo, desde los sesos hasta los recuerdos, desde los ojos, hasta lo que no quería ver.
Por eso cuando lo vi tirado en la cama, hecho una piltrafa total, decidí decirle “hola”. Sí, le dirigí la palabra aunque no creí que me entendiera. Sin embargo me sorprendió, porque me miró con cara interrogante. Entonces volví a decirle “hola”. Ésta vez su cara interrogante cambió por una de asombro, y, en el mientras tanto de querer levantarse, balbuceó frases inentendibles, revoleó almohadas, tiró el velador, se cayó al piso el control remoto de la televisión, y, el celular que estaba sobre la mesita de luz, terminó al lado mío. Es decir, a tres pasos de él. (sus pasos eran largos, porque él era flaco y desgarbado)
Pero luego el confundido fui yo. Luego de unos instantes, calculé que por su borrachera, él entendía que le hablaba su padre, porque balbuceaba, “si papá, sí papá”. Hasta unos lagrimones le vi…y así volvió a quedarse dormido.
Al día siguiente, al levantarse, y ya sin rastros de alcohol, se paró justo al lado mío y me dijo: “juro no probar jamás una copa de vino”, y sin esperar que le contestara, dio un portazo y se fue. Se fue, pero al rato volvió. Y volvió a pararse al lado mío y me preguntó: ¿Es cierto o solo eres parte de mis pesadillas?
Me quedé mudo, pero él tampoco esperó que le contestara. Me tomó por el brazo, caminamos muchas cuadras y se detuvo al lado de un cafecito de la peatonal. Allí, bajo la pérgola,  comenzamos a entendernos, él cantaba, yo bailaba,  él me animaba y yo saltaba. En unos minutos la gente, aún las de paso apurado se detuvo a contemplar nuestro espectáculo espontáneo y nos vivaron y nos aplaudieron…
Algunas monedas cayeron en su gorra.
A partir de ese momento se produjo un vínculo increíble, porque nos conocimos, nos escuchamos, nos comprendimos. Tanto que nos hicimos amigos inseparables, tanto que desde el lugar que me toca vivir, apenas me doy cuenta que soy simplemente, una pequeña marioneta.








Al. Ibarguren.
aliciauv@yahoo.com.ar
copyright 2014
Imagen: José Luis García Montalvo

1 comentario:

  1. Historia de una marioneta muy particular, escrita por una mujer que se las trae. ¡La felicito!

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