TRADUCTOR

viernes, 28 de febrero de 2014

CUANDO LOS PÁJAROS PEREGRINOS CAMBIAN SU RUMBO

                                                              
                                                                            I

    “Fué así  qué  todo comenzó señor escribidor, el circo entró por allá, por la calle del fondo. De allí mismo y de mañana temprano todos podíamos ver como iban ingresando al pueblo. Primero el señor Scattollini, con su saco rojo y sus botas de montar golpeando el látigo contra el suelo, levantando la tierra, atrás de él, venía toda una banda tocando marchas,  después los acróbatas, el mago, los payasos, las jaulas, los elefantes, un burro y los coloridos camarines. 
Entraron por allá, formando una fila cómica entre nosotros y el sol,  y con semejante barullo nos tuvimos que levantar despojándonos de nuestros sueños."

    Este recorte del "Crónicas Peremerimbianas," se cree que también fue escrito por Teófilo Cabanillas,  y hace referencia al famoso enano Didú, que llegó a ser uno de los dueños del circo de los magos, después de la muerte de su fundador Piero Scatollini, y antes de su huída por los montes en la recordada disputa por deudas con los árabes vendedores de telas.

    "Yo tenía que trabajar, pero le dije a mi mujer que se quedara en la cama, que solo era un circo más que llegaba al pueblo, no me hizo caso y salió como todo el mundo a la vereda, incluso con el pequeño Didú, descalzo.
Al final todos se alborotaron, nadie sabía nada que venía un circo y menos a esa hora en que recién sale el sol. Lo armaron lentamente, en el baldío al lado del río.
La primera noche ella no aguantó y fue a ver la función descalza, como le gustaba andar, y con su vestido de algodón. Dicen que estaba lleno, me contó el pequeño Didú, que a ella la hicieron participar porque pidieron una voluntaria y que se tenía que parar de espaldas a una tabla y que un tipo le tiraba cuchillos y que por suerte no le acertó ninguno, pero cree Didú que después se hizo la que se desmayaba y entonces el tipo la llevó a su camarín. A mi ella no me contó nada de eso porque yo estaba dormido cuando volvieron y ellos estaban dormidos cuando me fui a trabajar de nuevo al otro día. Solo por la tarde yo hablaba con Didú, porque ella se iba al circo, decía que la habían tomado como empleada de limpieza. Eso si me dijo, que limpiaría los camarines de los artistas y que por eso le pagarían bien, y que después se quedaría a la función como la voluntaria. Durante tres días más hizo de ayudante del lanzador de cuchillos, pero me dijo Didú, que se conchabó con el mago, parece ser, siempre según Didú, que el tipo hacía que la serruchaba y la partía al medio, entonces después de los aplausos, se desmayaba de nuevo para que el mago la llevara a su camarín. Yo hablé con ella, señor escribidor, le dije que no vaya más al circo, que se quede a cuidar a Didú y que la gente hablaba demasiado de sus desmayos seguidos como ayudante, ahora del domador el señor Piero Scattollini, que la tuvo toda la noche reanimándola porque vestida de india africana, dicen que la metió en la jaula con los tigres mostrando sus desnudeces, fíjese usted señor escribidor. Mis compañeros de trabajo se burlaban de mi, gracias al comportamiento de ella.
Pero dicen que fue el trapecista el que le enseñó a volar, practicó una noche entera con la piola entre las piernas y al final después de girar varias veces se soltaba y giraba en el aire sin caer, como pájaro que perdió el rumbo.
    La gente pagaba el doble para verla a ella, una mujer de nuestro pueblo haciendo ese espectáculo. Entonces no aguanté más, me enojé y fui a hablar con ella, porque por culpa del circo había abandonado a nuestro pequeño Didú que se acostaba solito y se levantaba solito. Le dije que por culpa del circo la gente inventaba habladurías y que se me reían en la cara, que si bien yo sabía que aquí hablan porque si y por demás, sino mire usted las cosas que decían de nuestro comandante, el Gran Coronel Don Juan Penerguido, que dicen que tenía cuatro mujeres a los ciento catorce años de edad.   
     Yo le decía que quedaba feo escuchar eso, y le pedí que no le diera motivos a nadie, además yo me levantaba temprano para ir a trabajar y que volvía cansado a la noche y que no encontraba nada listo para comer.
     Didú seguramente tampoco la pasaría bien, así es que yo le preparaba todo al pequeño para que comiera, se bañara  y se cambiara de ropa. Ella se me reía, señor escribidor, mientras yo enojado le decía de todo, se me reía y bailaba como las gitanas porque había aprendido eso también y los hombres del pueblo pagaban tres veces más para mirar sus carnes mientras bailaba. Bailaba y levantaba vuelo.
    Pensé en llevarme a Didú conmigo al trabajo, pero el pequeño me hizo saber que había visto llorar a un payaso y que se hicieron amigos, así es que se quedaría dos horas en el circo y que luego hablaría con su madre para que volviesen juntos.
    Siempre el circo estaba totalmente lleno, no entraba un alfiler en la carpa, me contaron después y que aún así, había una fila de tres cuadras por esta calle para una tercera función la noche en que dijeron que ella volaría entre las gentes y que haría un jueguito especial con el mono en el aire. Qué me dice.
     Pero la desgracia ocurrió tres días después, el fuego se inició cerca de los camarines y el viento lo fue llevando a las jaulas primero y a la gran carpa después, la gente se pisaba por salir, gritaban desesperados, hubo muchísimos heridos, pero no muertos porque la lona incendiada no cayó sobre la gente, fueron los animales sueltos que antes de escapar hacia el río, lastimaron a algunos de los milicos nuevos que habían llegado. No quedó nada.
    Hubiese visto usted, señor escribidor, cuando al día siguiente se fueron. Hubiese visto usted, sino hubiese tenido que estar  en los fusilamientos de los Barragán en Manvatará, lo poco que quedaba del circo de Piero Scattollini.
     Yo los miraba al salir de trabajar,  se iban con sus ropas llenas de barro y hollín. Se iban silbando, por la calle que va a la selva, un triste vals que se llama La niña que vino del sur ¿Conoce el vals? Las jaulas eran arrastradas vacías y todas quemadas, como un tren fantasmal. Lo que antes eran camarines, humeaban enganchados a los tractores. Y ella, mi mujer, la bella mamá de Didú también se fue, ella cerraba ese triste desfile, iba volando alrededor del burro. Ella sabrá porqué.
    Me dijeron que por la madrugada, antes de irse, una gitana puso la mano sobre la cabeza de mi pequeño Didú, señor escribidor, y que le dijo que a ésta,  a ésta se la iba a pagar.”

Señala que la nota corresponde a un relato de un tal Valdivia, que decía ser el padre del enanito Didú. Y agrega un dato curioso. Señala el cronista que la gitana aludida fue muerta con un cuchillo atravesado en su garganta, parece que al meterse en unos pastizales a hacer sus necesidades fisiológicas. Y además comenta que los nuevos milicos que ahora trataban de poner algo de orden en Peremerimbé, le ordenaron a Scattollini que se lleve el cadáver de la gitana asesinada y que nunca más vuelvan.
Apunta que la nueva guarnición militar enviada por el gobierno central,  se instala  donde era el complejo policial a cargo de un coronel de apellido Iparraguirre,  un teniente de apellido Sullivan, y nombra a los suboficiales Ordóñez, Crespo, Miranda y a un cabo nuevito, con cara de niño llamado Cipriano Tavares, que se hizo conocer rápido por su habilidad de cuchillero.

Todo esto es extraído de algunas pocas hojas sueltas del “Crónicas Peremerimbianas”

    "...Arnulfo Sepúlveda caminó por los cuartos, entró a la nave central de la iglesia, se persignó ante la Cruz y fue a abrir la puerta, el sol de la mañana entro en todo su esplendor, dejando su figura oscura como en un eclipse. El cura Arnulfo puso su mano a modo de visera y el cartero le entregó una carta y salió corriendo sin saludarlo hacia la plaza. Todo el pueblo estaba allá, entregado a los vicios de las ferias de juegos de apuestas y comidas bañadas en aceite que se entregaban envueltas en papel. La iglesia de la Señora de los Navegantes le pareció un inmenso barco abandonado, cuando cerró la puerta y para ocultarse del griterío y el desorden moral que ocurría  a pocos metros. Se sentó en el primer banco y abrió el sobre.
Pensaba mientras leía que había perdido una batalla más contra los herejes, él y los demás curas párrocos de la región Peremerimbina.
Se enteraba de las decisiones del gobierno de barrer con todo lo plantado y nacido en esa tierra de locos y de que los familiares del fusilado Elpidio Barragán se habían armado y atrincherado en las sierras, como temerarios bandidos.
Al ponerse de pié, sentía como temblaba todo su cuerpo, caminó hacia el altar y el haz de luz que entraba por una ventana, le mostraba visiblemente, el rostro de Cristo, resignado, aunque sin gestos de dolor dicen que dijo: Cristo, Cristo Señor mío. ¿Porque me has abandonado?
Afuera explotaba una batería de fuegos artificiales, las bombas de estruendo estallaban una tras otra y era esa la señal de que, prontamente, las mujeres vírgenes, empezarían a volar.
El cura Arnulfo Sepúlveda subió los treinta y nueve escalones hasta el carillón y golpeó con fuerza las campanas mientras que aturdido por la sonoridad miraba hacia la plaza colmada de vecinos infieles que adoraban incansablemente a estos magos taciturnos..."

   Así es como consta en este escrito de las viejas "Crónicas Peremerimbinas" titulado "La última Misa del padre Arnulfo" y en este cuaderno que gentilmente me hizo llegar don Santos Poussin de un tal Benito Ponciano Márquez, muerto en Naranjillos, bajo las balas de los suboficiales Guillermo Jensen y Cipriano Tavares, alias "Cúter"

     Cuenta que ése día fatal, guardó en su morral la presa de pollo frito y ante el griterío de la gente corrió hacia la iglesia, dice que entró por la puerta lateral, que cruzó sin mirar hacia el altar y que dobló hacia la derecha y que por una puerta entreabierta empezó a subir los escalones y llegó a tiempo para ver al pequeño Didú sosteniendo la frágil figura del cura que sangraba por los oídos y la de una mujer, que aseguraba no conocerla por ser ésta rubia y de tener ojos claros y que para su asombro estaba totalmente desnuda, y que desde allá arriba, se lanzó al aire y andaba de árbol en árbol, paseando su bella desnudez entre risas, que sonaban como un canto alegre.
Dice que el tal Didú saltaba feliz en su pequeñez absoluta, como un muñeco de resortes y que a todos les señalaba el vuelo de la mujer blanca, mientras él con su cuchillo de comer, cortaba las sogas de las campanas y le aflojaba los dedos al cura.
Cuenta en sus "Relatos Laicos", un cuaderno de hojas amarillas por el tiempo y escritas con simple lápiz de grafito, que el obispo Miguel Mercedes Puja llegó tres días después, en el silencio de una madrugada lluviosa, casi en secreto, con una comitiva de cuatro hombres más entre ellos el cura Victorino Barboza, que quedaría sin mayores ceremonias y a partir de ése instante a cargo de la iglesia. Dice que se llevaron al cura Arnulfo en el tren de las tarde con todas sus pertenencias, algunos documentos relacionados con las actividades encomendadas y propias de la iglesia porque decían que los iban a estudiar y algunas otras cartas más que encontraron en su escritorio. Excepto las que él, Benito Ponciano Márquez guardó para mostrarle a sus primos, los Barragán Puebla.
Allí, en un párrafo aparte señala que con el fusilamiento de Elpidio Barragán, decide ponerse al lado de los anarquistas que no querían ninguna institución que no fuese por la de ellos elegidas.
    Cuenta además que esa misma noche, el Gobierno decidió intervenir el pequeño destacamento policial de apenas tres hombres, que fueron sustituidos de sus cargos por encontrarlos en la parranda, borrachos y mal vestidos, y que trajeron de nuevo un batallón de los mismos milicos de los fusilamientos de las revueltas anteriores, o sea el Cuarenta y seis de campaña,  pero que estos hombres venidos de Manvatará, a cargo del Oficial Iparraguirre, eran mas severos. Y que andaban casa por casa entregando unos bandos con las nuevas leyes, y que devolvían las mujeres a la casa donde pertenecían. Dice que por eso, esa noche no fue casi nadie al circo. Y que antes de instalarse en sus nuevas oficinas, Iparraguirre vestido de un elegante uniforme marrón clarito  y de altas botas lustradas, se llevó la sorpresa de su vida, pues ocurrió eso de la grande estampida de los animales del circo cuando sus soldados andaban de casa en casa.
    Según afirma más adelante, el león del circo entró por la puerta principal de las viejas dependencias y saltaba por todos lados, desparramando la tinta para escribir sobre los papeles con órdenes y bandos impuestos por la nueva ley, y que le rugía amenazante, sin darle tiempo a que desenfunde su pistola y que el pobre animal asustado pudo saltar por una de las ventanas hacia afuera. Dice que l
a cebra sudafricana desorientada hizo lo mismo, con cierta torpeza, entró despavorida pero fue muerta de tres balazos por el arma del entonces Coronel Iparraguirre.
    En su relato, Márquez amplía las notas describiendo el paisaje. Señala que el griterío de la gente era ensordecedor. Y que el oficial Iparraguirre Carlos Atanasio, sale a la oscura calle gritando las mismas obscenidades comunes a las que estábamos acostumbrados y que eran de nuestro uso común, normal y específico de nosotros los Peremerimbinos -frase que subraya dos veces- y que este coronel ordenaba que dejásemos de pronunciar.
    Relata que el coronel, pistola en mano, en la puerta tropezó con uno de sus suboficiales que estaba de guardia de cuarto, según decían las consignas que tenían asignadas y que éste, totalmente aterrorizado le mostraba las heridas propinadas por las garras del oso "Zonko" que se perdía en las sombras de la noche, mas allá de la esquina y que el coronel, entonces  vio el resplandor del incendio del circo, al final de la calle y a un elefante que pasaba ante sus narices con intenciones de llevarse todo por delante.
Gritaba, daba órdenes no sé a quién, todos corrían de un lado hacia otro y encima al cura Victorino Barboza se le daba por hacer sonar las campanas restauradas y llamar a misa.
Eran algo así como las diez de la noche. A eso de las diez de la noche.
    Hay una serie de frases que no se pueden leer. Parece que hacen alguna referencia al estado del tiempo, y un dato curioso.
    Señala que  observaba detenidamente al coronel, cuando ve que el pequeño Didú le tocaba el pantalón a Iparraguirre y que éste miró hacia abajo, le pareció que el tipo creía ver a un niño sonriente, que le daba la bienvenida, pero luego tuvo la certeza que el tipo alcanzó a darse cuenta que era un enano que pedaleaba una pequeña bicicleta entre los animales sueltos, y recién al otro día supo que el atrevido que lo había tocado era el pequeño Didú Valdivia, e
l hijo de la mujer que había aprendido a volar en el circo gracias al equilibrista ruso.
    En otra parte de su relato, señala que el cura Victorino abrió las puertas de la Iglesia de par en par, y que se paró en el umbral a contemplar el espectáculo bochornoso de infieles corriendo de un lado a otro entre distintos animales y que levantaba la Biblia en una de sus manos, mientras los soldados con  fusil y bayonetas caladas trasladaban baldes con agua hacia el circo y que el cabo llamado Cipriano Tavares le dijo que guarde eso, que al amecer todo iba a estar en calma y en orden.
    Escribe Benito Ponciano Márquez que se acercaba en silencio, a recoger sus cosas de la iglesia y que el cura Victorino lo miró y le pidió que encienda todas las luces, dice que le dijo. "Encienda usted todas las luces por favor. Enciéndalas a esta hora y hasta que esta gente se derive hacia Nuestro Señor, habrá Misa permanente, los hombres habrán de seguirme."
    Luego escribe que fue al joven cura don Victorino Barboza, a quién acudió Ernesto Valdivia, el padre de Didú.
    Contaba en sus "Relatos Laicos" que el tal Ernesto Valdivia, se le acercó al nuevo cura y le pidió por alguien que le acerque a Dios lo más rápido posible sus súplicas.
- Yo soy la palabra de Dios aquí- dice que le dijo Victorino, y que lo tomó del brazo y se lo llevó al confesionario por tres horas.
Hay un apellido subrayado dos veces en su cuaderno, Valdivia.


                                                                                  II
     Cuenta que Valdivia había llegado a Peremerimbé con el primer tren, y que murió vestido con uniforme de ferroviario, cuando los hombres grises ya habían terminado la construcción del dique y las aguas taparon la vieja ciudad. Cuando los árboles sedientos por la sequía de tres años, se suicidaron arrancando sus propias raíces y cuando los pájaros peregrinos cambiaron sus rumbos. Murió cuando un día creyó ver el féretro de un familiar navegando en las aguas y se arrojó con toda su enorme pena, para nunca más salir del fondo, diez años después de la noche en que visitó al cura Victorino. Agrega que de las vías hacia el oeste se había fundado la nueva ciudad pero que no respetaron el nombre original de la región y que el gobierno hizo cambiar los mapas y que ahora todo esta vasta provincia se llamaba Imbuté y que ante la aparición del primer féretro flotando en las aguas y golpeando su debilitada madera contra las paredes de cemento, nacen los anarquistas, de la mano de un tal Teófilo Cabanillas, los guapos Fontana y una tal Marcela Da Silva de la famosa "Turma sem Bandeiras." Dice que Valdivia ya era viejo para eso y que exclamaba en sus largas noches de borrachera, que Dios había puesto en su cama a la mamá del pequeño Didú. Que Didú era un niño enano, pero que él argumentaba que Dios los castigaba por los tremendos pecados de la madre y por su infeliz maniobra del cambio de señales que llevó al descarrilamiento del tren de cargas en el kilómetro cuarenta y ocho. Que fue Didú, cuando tenía entre quince y veinte años de edad, y que aparentaba de seis, el que prendió fuego al circo, después de soltar a todos los hambrientos animales, cuando sorprendió a su madre en caricias deshonestas, -según así expresaba- en uno de los carromatos del domador Piero Scattollini con la mujer barbuda. 
    Afirmaba -sigue el escrito- que Didú dormía por costumbre en el campanario de la Iglesia y fue uno de los primeros en darse cuenta que el Comandante Penerguido había muerto una madrugada. 
    También contaba que el niño, nunca había sido bautizado en una Iglesia Cristiana y que le quedó el nombre de Didú, porque ésa fue su primera palabra pronunciada. 
    Hay una parte que hace hincapié y desde donde creo, Benito Ponciano Márquez, expone textualmente el relato de Valdivia.
"...Mi pequeño había empezado a caminar, caminaba por el piso de ladrillos, como haciendo equilibrio, pero se lo notaba fuerte y decidido y bajo la acacia florecida del patio, se sentó a defecar. Sus heces eran cilindros sólidos que quedaron expuestos a las moscas y al sol y allí, como en un milagro repentino empezó a hablar, decía: didú, didú, didú."

                                                                              III

 Al día siguiente, Santos Poussin me alcanza unos recortes que estaban entre los papeles guardados por la viuda de De león y que aparentemente eran las cartas a las que hacía referencia  Benito Ponciano Márquez, más un artículo que seguramente era escrito por Cabanillas.

“Al Reverendo Sacerdote Don Arnulfo Sepúlveda.
Mi muy señor mío:
Usted sabe a lo largo de mis confesiones, que he vivido escapando del inaprensible secreto para solapar el equilibrio de mis pasiones.  No sé cuánto tiempo más podré soslayarlo, pero le repito que mi sangre ya hervía cuando las desnudaba, cuando les hacía el torniquete en el cuello, y ni que hablar cuando las violaba. Era ese el éxtasis total,  que llegaba con sus muertes. ¿Acaso la vida de una muchacha tenía otro significado?
De no ser así, mi propio placer se hubiese sentido enajenado, no conocía otra cosa, aunque, ¿sabe? La impunidad era el gran desafío, y  también formaba parte de mi placer, escapar y engañar a la Ley.
          Pero no es eso lo que quiero dejar plasmado en éstos renglones, sino algo muy extraño que me sucedió ésta  mañana,  por lo que creí oportuno escribirle.
          Estaba acostado en mi cama, en esta celda, por lo menos eso creí en un principio. Pero no era ni mi cama ni mi celda. De eso estuve seguro cuando advertí  dos puertas extrañas que me desconcertaron. Una de madera, la otra de piedra.
Intenté levantarme, no pude. Estaba como maniatado a la cama, ó a lo que me servía de cama. Confieso que empecé a inquietarme, a intranquilizarme, a desesperarme...hasta que en un instante de cordura logré poner mi mente en blanco, y gracias a ello  levemente comenzaron a fluir recuerdos casi difusos, que poco a poco se convirtieron en imágenes que alguna vez conocí. Eran mis víctimas, hermosas, fantasmales, y temibles, que brotaban desde lo más íntimo de mi ser, y se corporizaban en su propio limbo girando, riendo, llorando… hasta que comenzaron a danzar una sobrenatural danza macabra a mi alrededor. Con su febril contorneo, la puerta de madera cobró vida abriéndose de par en par, y las niñas, con una carcajada diabólica,  se abalanzaron hasta cruzarla, mutando  en horribles sujetos mutilados. En simultáneo, la puerta de piedra respondía con un crujido, y las carcajadas le contestaban  perpetuas maldiciones.
Los despojos humanos entonces, desfilaron hacia la puerta de piedra, recobrando al pasar, su hermosura. Las puertas, las niñas, reanudaron  ininterrumpidamente  éste perverso  ajetreo, hasta que un grito ensordeció el recinto y, por fortuna, desaparecieron. Ese grito señor mío, era mi grito, que colapsó cuando conocí éste infierno. El infierno que yo les provoqué, y al que seguramente, estoy condenado. Usted me habló de conciencia. Sé que no todas las personas que hablan del cielo, han de ir allí, pero mitigue usted con sus oraciones, mis acciones en vida, y no permita que mi alma se enlode en un lugar tan siniestro y cruel como el que he vivido. Aunque no lo merezca…
Elpidio Barragán Puebla.  Su oveja descarriada.”
Aquí voy a introducir  una parte de un artículo que creo está escrito por Teófilo Cabanillas.
(Elpidio Barragán, fue condenado y fusilado un día claro, luminoso, radiante. Él estaba sentado, atado a un poste grueso de eucalipto, se negó a que le tapasen los ojos y cualquier visita clerical, pues afirmaba que todo trato ya lo había hecho epistolarmente. Simplemente dirigió su mirada a los movimientos del sable del jefe del pelotón de fusileros. Entonces todos hicimos lo mismo y vimos como el sable se erguía sobre los atributos e insignias del suboficial, el brillo del sol destellaba en la hoja, en lo alto, hasta que cayó con fuerza y las detonaciones simultáneas perforaron el cuerpo del infeliz que, maniatado al poste,, cerró los ojos para siempre. Todos los testigos, nos retiramos en silencio.) 

Ahora incluyo esta otra carta

Iglesia de la Santa Aparecida.
Reverendo Párroco  Julián  Castillas de León
Querido Hermano en Cristo:
Por la presente acudo a tu digno intermedio para que asistas a los parientes del difunto Elpidio Barragán Puebla -fieles de tu parroquia-, que como es de público conocimiento, fue ejecutado por éste gobierno en cumplimiento de las leyes que rigen ésta nación.
En ésta escueta epístola, voy a tratar de narrarte cómo sucedieron los acontecimientos.
En mis continuas visitas al grupo carcelario fui informado que éste citado iba a ser ejecutado, expresándome las autoridades políticas sus deseos para que lo asistiese en sus últimos días, por lo que fui el receptor de su única petición:
Que Los  hermanos del difunto Elpidio Barragán,  muerto por las costumbres y leyes impuestas bajo este gobierno de Peremerimbé,  no le guarden rencor, y lo lleven pronto al olvido.
Es así que, en consecuencia con su requerimiento que acudo a ti, para que le hagas llegar estas palabras y culmines mi tarea que ha quedado incompleta, porque ocurrieron vicisitudes que escaparon a mi voluntad, porque no pude en tiempo y en forma, contestarle. Atribuyo en parte a los regímenes burocráticos carcelarios existentes, y a la huelga general de los empleados del correo Nacional.
Lamentablemente, también hube tomado conocimiento de la poca afición a la lectura y a escribir que esa familia dispensa.
Diles de mi parte, que nunca Elpidio pareció entender los excesos de sus actos, encontrándome ante un ser carente de afectos y viviendo una vida de sobresaltos y pasiones alejadas de la paz que pudo brindarle Nuestro Señor.
Diles que fue muerto bajo las balas de doce fusiles, que pusieron fin a sus días turbios que se había empeñado en vivir, llevando consigo todas las pasiones alejadas de la paz que pudo brindarle el refugio de la Fe en Nuestro Señor. Entiendo lo difícil de la misión que te encomiendo, y más aún cuando queremos hablar de un muerto que no puede explicar su vida, sabiendo que esa vida, no era la suya. Siempre he aplicado una máxima, la de no prometer, lo que no se puede dar.
Te he explicado que nada pude prometerle, pues no esperaron mi oportuna presencia para asistirlo en su final. Aunque luego, los asistentes se refirieron a qué murió con una extraña virtud. La de tener sus pensamientos alejados, como no entendiendo la situación, o como creyendo que había llegado el momento necesario para poner fin a su vida, que tituló de “oveja descarriada.”
Simplemente, había limitado mi humilde labor de sacerdote, a escuchar sus necesidades, para que, en la medida de lo posible, llegar a atendérselas. Y creo que en aquellos escasos momentos de comprensión, entendió la existencia de la conciencia, y de las virtudes del arrepentimiento.
Confío, querido Hermano Sacerdote, que el derrotero del camino que hemos elegido, te llevará a interpretar mis deseos de que esos parientes, conozcan cómo fue su atormentada vida, y finalmente, cómo murió. Aunque ellos hayan vivido indignados por la atroz conducta de Elpidio.
Yo le pediré en ruegos a Dios, que se abracen en la Fe, y que no tengan temor a continuar con sus labores cotidianas dentro de la Paz y de las bendiciones de Cristo.
Que sepan que aún recorriendo caminos diferentes, él pudo haber sido como ellos, trabajadores y honrados. Diles también que hay por aquí un licenciado llamado Don Eufrasio Sarmiento, quién le ayudó en la confección de la carta hacia mi persona, que me aclaró algunos conceptos, diciéndome que gracias a todos sus conocimientos adquiridos, pudo describirlo como una persona que nunca tenía idea cabal de sus actos, el cuadro descriptivo encajaba en el no entendimiento, en que no tomaba conciencia, que no sabía de afectos, de muy escaso razonamiento, que tenía escasez de discernimiento y que por ello era una persona carente de arrepentimientos.
Eso me ha llevado a interpretar una de sus frases.
“Si ése tal Cristo, murió clavado en una cruz, bien puedo yo morir atado a un palo.”
Eran éstos, uno de  sus escasos momentos de lucidez.
Dios te bendiga y que no tengas que atravesar por los pesares a que estoy sometido, en esta tierra de seres reacios e infieles.
Arnulfo Sepúlveda

                                                                           IV

Como en aquellos momentos tristes en que te sientes solo y decides esperar. Así amigo, mirábamos aquel cortejo fúnebre, allá en San Vicente. -me cuenta Rolando Espina, un vecino de la localidad que está a cuatrocientos kilómetros al norte-.
-Eran los cuatro hermanos varones y todos solteros de Arnulfo Sepúlveda, los que iban cargando el féretro de quien fuera el cura de Peremerimbé. El pueblo que murió bajo el agua. Ellos dicen que el cura Arnulfo murió con un gesto de asombro en su rostro, como si hubiese descubierto cuán largo y extraño era el camino que recorrería su alma, o como si hubiese recuperado un racimo de sus nociones, de sus recuerdos, o quizás el segundo final de su vida, fue un dictamen sobre sus atropellados pecados -me contaba en un tono de voz convencido, seguro-. Indudablemente algo debió haber visto o soñado, porque su dedo índice se irguió amenazante, decían, señalando hacia la única ventana por donde penetraba la luz del sol –sostenía sus palabras tomando un trago de cerveza en cada pausa–. Sus hermanos contaron que debieron quebrárselo para poder cerrar el cajón, antes que las moscas atraídas por el olor invadieran la habitación, antes que vistiesen de luto, antes que crucen por las calles del pueblo bajo el cruel sol de Diciembre y antes que nosotros, los parroquianos del bar, caminemos acompañando el rezo de los cuatro octogenarios hermanos Sepúlveda, que iban levantando la tierra liviana de las calles por la falta de lluvias –adopta una posición más erguida en la silla-. Después que cubrieron con tierra el féretro un poco estropeado por algunas caídas y nosotros nos despojáramos de nuestros  sombreros para rezar en el cementerio –señalaba con la mano en alto un supuesto camino hacia el cementerio, allá en San Vicente-. Y también me dijeron que la gente decía que mucho tiempo antes que aquel pueblo, mi querido San Vicente, tuviese sus calles definidas y de que por allí fundaran la primera escuela, y que aún antes mismo que nacieran sus otros hermanos, Arnulfo fue enviado a la Congregación de la gran ciudad. Sus padres lo hicieron porque decían que se bebía la misma agua que los animales, y que un grupo de mercaderes de baratijas lo entregó allá con una carta dirigida al obispo que se llamaba Eleazar Bustamante, y que entre otras cosas esta familia le pedía que "Quitara por bondad, el señor representante de nuestro Dios por estos pagos, el mismísimo diablo que tiene esta criatura dentro."
    Se decía en el pueblo que muchas veces, cuando el empleado de correos llegaba al pueblo, dicen que decían, se dirigía a la casa de los Sepúlveda con noticias escritas que el mismo les leía, y agregaba noticias de la gran ciudad, para aliviar la aflicción de Doña Inés Encarnación Flores, su madre y madre a la vez de cuatro varones más, que dicen que ella decía que eran todos igualitos a Sepúlveda padre, señalando  el cabello oscuro y duro de cada uno y dando muestras de una indefinida resignación por no haber parido una hembra para que la ayude en los menesteres de la casa y enseñarle el oficio de mujer para resolver con altura los problemas que se presentan en los hogares y que solo una mujer sabe resolver, dicen que decía, mientras apaleaba a los otros que iban creciendo sin la presencia del padre. Y que mucho antes que Peremerimbé fuese ahogada por los hombres grises que levantaron un dique para contener las aguas para hacer un lago que tenga los canales de riego y una usina para la electricidad de los gringos, y que trasladaran el pueblo allá en el alto. Mucho antes de eso, Sepúlveda padre se resistió al avance de esa cosa llamada progreso y de esas otras cosas llamadas democracia capitalista y progresista y se alistó en las filas del Comandante Juan Penerguido y de su esbelta señora Doña Carlota. Y que fue uno de los Sargentos que trasladaron el cuerpo, desde el gallinero donde cayó muerto su jefe, una húmeda madrugada, a doscientos treinta kilómetros de aquí. Dicen que fue uno de los que le limpiaron el cuerpo lleno de bosta de gallinas y  uno de los que lo vistieron de gala para que le rindan homenaje con todos los honores hasta su tumba. Y que en los posteriores combates con las fuerzas oficialistas,  recibió un tiro por la espalda que le hizo decir que su hijo el cura iba a ser un hombre santo por su consagración al Cielo infinito, desde donde todos venimos. Decía eso hasta morir desangrado, dicen –Rolando Espina vuelve a tomar, sin perder posturas ni dignidad, y agregaba que-. Todo eso y muchas cosas más me dijeron los que habían escuchado aquellas historias. Y que dicen ellos mismos que dijeron que nadie deje de contarlas porque el que no tiene historias para contar es un carajo que no ha nacido.
(Junto al señor Espina algunos parroquianos tomaban un frasco de ginebra, como si fuese agua fresca.)
- Hasta Cañizares y el dibujante paraguayo Sanchez Artiaga recrearon toda la historia de los Peremerimbinos y el gobierno se las incautó y le quemó todo -agregaban los que se fueron arrimando para intervenir en la conversación- Y dicen que Arnulfo dejó de ser cura el día que se volvió loco porque cuando subió al campanario de su iglesia en Peremerimbé, encontró a una mujer desnuda que lo invitaba a volar, como aquella del circo del pequeño Didú, que aún merodeaba por el pueblo, y que tuvieron que cortar las sogas de las campanas para que deje de tañerlas y agarrarlo de sus pelos oscuros y duros y llevarlo para el hospicio de los locos antes que el nuevo obispo, don Mercedes Puga se entere que había vuelto a beber la misma agua de los animales, como se decía.
- Y anduvieron contando que sus hermanos lo retiraron una madrugada, a punta de pistolas de uso militar y que dicen que se lo llevaron semidesnudo arrastrándolo por el barro de la lluvia de tres días sin parar y que se lo llevaron de vuelta a San Vicente. Sesenta años después que sus padres lo entregaran a los viejos mercachifles y veinte años después que el sargento Cipriano Tavarez, al que todos llamaban "Cúter," se le diera por  iniciar la gran matanza de los insurgentes, patoteros y mantenidos allá en Naranjillos.
- En ese mismo pueblo de mierda. 
- Casi todos venimos de allí a vivir a Altos Moncadas.
- Aquí mismo, donde ahora nos trajeron este circo para que todos veamos que hay una mujer que vuela. Como la de esta foto, vea usted, una mujer que vuela.
 (Ellos me muestran un afiche del circo.) 
Hay allí una leyenda interesante, escrita en letras góticas:
"El circo llega cuando los pájaros peregrinos cambian su rumbo."

                                                                            FIN




Tiene derecho de autor
Copyright 2013
Capítulo correspondiente al libro "CÚTER"
Autor: José Antonio Ibarrechea
http://diceelwalter.blogspot.com
"PASEN Y VEAN"
diceelwalter@gmail.com
Walter Ricardo Quinteros

6 comentarios:

  1. Me gustaría leer el libro completo, asi se confunden mis apreciaciones...No sé como enganchar un capítulo con toro. Gracias.

    ResponderEliminar
  2. No sé como anganchar un capítulo con otro. gracias¡¡¡

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. La característica de ésta historia, es que cualquier capítulo puede ser el comienzo, y cualquiera el final. Por supuesto que aún faltan. ¡Gracias por leernos!.
      Al. Ibarguren

      Eliminar
    2. Exposición , nudo y desenlace.Final.
      Quién es Al Ibarguren?

      Eliminar
  3. A Anónimo: Al Ibarguren es la escritora colaboradora del blog, en cuanto al relato es un capítulo del Libro "Cúter" puede leerse dos de ellos, ("Después de los sueños serenos y tristes." y "Cuando los pájaros peregrinos cambian su rumbo.") En cuanto a Exposición, nudo y desenlace. Final, es para otro tipo de novelas. Quien suscribe, escapa a todas esas reglas, Ibarrechea

    ResponderEliminar
  4. Gracias, escribidor...por responder tan amable y explícitamente <3

    ResponderEliminar

El comentario estará sujeto a la aprobación del equipo y su administrador. Gracias.