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viernes, 17 de enero de 2014

ALQUILO NIETOS

Me decía mientras mirábamos el atardecer sobre los edificios de la ciudad de Córdoba que él buscaba otro tipo de vida.

Incluso hasta pensaba un buen retiro en un lugar alejado, sin electricidad, sin sueños, sin horóscopos, sin bullicio, sin urgencias, sin mediocridades, ni falsedades. Ni siquiera restaurantes con olor a fritanga, ni amoríos oscuros ni engañosos que le tocaran en suerte.

Empleó la siguiente frase el señor José Antonio: "Los días previos a tu muerte, no molestes a nadie, no andes dando lástima por ahí, que tu partida los sorprenda más a ellos que a vos."

Eso me decía mientras jugaba con su sombrero y pensaba cada palabra, un poco para respirar  bien y tomar aire y otro poco, porque me parecía que esos renunciamientos, le dolían demasiado al presidente del Club Social Nosotros Los Muchachos. 

Me voy a tomar unas vacaciones en el campo, lejos de todo amigo escribidor -me decía mirando las nubes rosadas del oeste-, buscaré un lugar lejano,  donde todo se olvide, donde nada se añore, sem lembranças, só esquecer, esquecer, esquecer. Esquecer os trabalhos, amores ruines y hasta perder la noción de los días, de las noches vividas y hasta de que soy nacido bajo el signo de Escorpio. Eso haré, mientras tu te quedas por aquí escribiendo, y mientras tanto, para que te entretengas un poco, puedes escribir sobre la niña Carmela.

Este está bueno -me señalaba el papel para que anote- me enteré los otros días, que la niña Carmela, una noche no podía dormir porque había dormido la siesta entera, había estado en penitencia por esas cosas que hacen los niños que extrañan un poco a sus papis. 

Resulta ser, que esta niña buena y traviesa, había rayado con un resaltador, tu sabes, con esos marcadores de texto, la pared del comedor de la casa de su abuela y ésta, enojada, le dijo que esas cosas no se hacen que para eso hay que pedir un papel y rayarlo las veces que se quiera, pero que ella debía entender lo que cuesta limpiar ahora esa pared, que esa cosa de allí no sale y toda esa perorata de las abuelas y la seguía torturando  con esa otra cosa de que tenía que volver a pintar la pared y le hablaba a esta buena niña que no tenía plata y le dijo "Dame eso Carmela" pidiéndole la lapicera, pero que la buena niña traviesa, apretó entre sus puños el marcador y llevó las manos hacia atrás y la abuela se puso como loca y le dijo "Chinita te vas a la cama" y la nena se fue llorando a su habitación y cerró la puerta con fuerza y su abuela, que es mi amiga, llamó a su hija y le contó lo sucedido. 

Lo de siempre. Abuela con ataque de nervios.

Pero a la noche, me contaba mi amiga que mientras ella se había dormido leyendo tus historias, escribidor, Carmela salió de su habitación, caminó por el pasillo  que apenas estaba iluminado por la puerta entreabierta del baño, donde su madre se duchaba y entró a la habitación de su abuela, subió a la cama, se acostó a su lado y la despertó con un beso. 

Me contaba mi amiga, siempre por teléfono, que le dijo a Carmela que qué quería, que la deje dormir porque ella estaba cansada y muy enojada con ella. Pero que su nieta, la niña buena y traviesa le dijo "Abu, te quiero mucho" y le pedía que quería dormir con ella para que le explique que significaba esa palabra que ella le había dicho cuando la mandó en penitencia..."Chinita" 

Pero antes de recluirme para olvidar incluso que el mundo existe y que yo me creeré el centro del universo -me decía- te voy a contar algo que me sucedió hace unos años, cuando yo era técnico de fútbol.

Anotá esto -parecía entusiasmarse el señor José Antonio cada vez que me señalaba el anotador-.

Último partido del Campeonato. 
Si perdíamos no éramos nadie. Si empatábamos, tampoco.
Sólo había que ganar.
El primer tiempo vi a mis jugadores nerviosos, inconexos, distantes y hasta te cuento que tuvimos suerte de no ir perdiendo. Parecían atados, estancados, moribundos.
Los gritos de la tribuna eran abucheos amenazantes y silbidos desaprobatorios por la forma en que ellos jugaban. Cuando finalizó el primer tiempo de juego, entraron desesperados al vestuario, no querían encontrar ni siquiera los ojos de algún familiar, todos miraban al suelo.
Yo me quedé afuera, los dejé solos. El comisario deportivo me dijo que no fumara, yo le dije que me  multe y el tipo hizo el informe. Cuando faltaban cinco minutos para que finalice el descanso, abrí la puerta, vi un puñado de hombres que ya se habían dicho sus cosas, ya se habían insultado, ya se habían tratado de ordenar, quizás me necesitaron antes. Yo preferí fumar afuera y cuando los vi les dije: Dos cosas quiero decirles -mientras habla levanta dos dedos de su mano derecha- la primera es que ustedes están aquí, porque yo los elegí. Los elegí a cada uno en su puesto, los elegí por su dinámica, por sus potencialidades, por sus capacidades, por sus particularidades, los elegí por la personalidad, y porque entendieron la táctica y la estrategia que nos hizo llegar a este lugar, a ésta final. 
Así es que ahora estoy arrepentido de haberlos elegido pues me comí dos cosas, me acaban de demostrar que son desmemoriados y lo que es peor, se olvidaron que son hombres. Y eso no se los voy a perdonar nunca. No tienen actitud ni hombría.

La segunda cosa que quiero decirles, es que anoche tuve un sueño. Como la dama que dijo que iba a ir a visitarme, no apareció por casa, me quedé dormido esperándola, entonces me dediqué a soñar. 

Mientras tanto el árbitro golpeaba la puerta del vestuario y nos llamaba a jugar. 

En el sueño que tuve, le dije, ustedes me demostraban que yo había sido un gran maestro y que ustedes bailaban y saltaban y la gente los aplaudía por un triunfo maravilloso. 
Ése puto sueño tuve anoche. 
Hagan lo que quieran, a jugar.

Dos multas tuve que pagar, amigo escribidor. Salir tarde a la cancha en el segundo tiempo y fumar en lugar prohibido.

Recuerdo que tres periodistas me hicieron un extenso reportaje cerca del banco de suplentes cuando terminó el partido. 
Una de las preguntas fue si yo iba a seguir dirigiendo al club. 
Mi respuesta fue: Creo que nunca más.
Mientras tanto mis jugadores se abrazaban, bailaban y festejaban aquel triunfo por uno a cero.

Arrojó el sombrero al aire que por suerte no cayó a la calle desde el octavo piso. Por el cielo, unas tímidas estrellas se asomaban, y los carteles luminosos parecían más intensos y coloridos, a medida que avanzaba la tierna oscuridad.

Yo le pregunté al señor José Antonio, si le quedaba algo por hacer antes de su retiro al campo para olvidar incluso que era un tipo nacido bajo el signo de escorpio.

Me dijo que si.

Me dijo que iba a sacar un aviso en los diarios de Córdoba y en las redes sociales, donde iba a pedir en alquiler unos nietos para que le ayuden a sentirse vivo y a jugar, una tarde de domingo en alguna plaza cualquiera de la ciudad, y si ésos nietos venían con una abuela, mejor todavía.
Eso me dijo.














diceelwalter@gmail.com

1 comentario:

  1. ¿Qué necesita alquilar ,el Sr. José Antonio, nietos o una abuela?
    Saludos compadre¡¡¡
    Gaudencio

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