TRADUCTOR

viernes, 8 de marzo de 2013

LAS SEÑORAS QUE PASARON POR MI VIDA


    Me saludaban con un movimiento alegre de sus manos y una estimulante risa soñadora que me hacía perder el apetito.

    Llegaban en fastuosas alfombras voladoras guiadas por duendes perfumados, o lo hacían ellas mismas, porque habían desplegado sus alas para iniciar un vuelo intrépido, sin remordimientos ni horarios pactados de antemano.

    Así eran todas cuando llegaban hasta el pie de mi cama, esa brasa cómplice que nos confundía entre el fervor y el cansancio, el insomnio y las culminaciones del alba.

    A cada una de ellas la recuerdo con respeto.
    Se que a su manera, me amaron.
    Y que nunca podré olvidarlas.

    Me miraban abriendo tan grande sus ojos encandilantes, que desnudaban mi almita, y se iniciaba entre nosotros un largo diálogo en silencio, donde esculpíamos en el aire y piel a piel el movimiento involuntario del goce, conscientes de sabernos inocentes de cualquier culpa, implacables a la hora de pensar en que nada más debía importarnos, borrando de nuestras memorias, cualquier obligación que no fuera aquella de, simplemente amarnos.

   Estas paredes fueron consecuentes custodias de nuestros secretos.

   Más allá de los nombres de cada una de ellas, yo las reconocía no sólo por las bondades de sus cuerpos, sino por el tono de la voz, el aroma de sus perfumes impregnados en las porosidades de cada piel, por el corte único y personal de sus cabellos que las distinguían y por la destreza del paso de sus dedos por mis partes, como un temblor pasajero.

    Todas tenían manos mágicas, con las cuales cortaban el aire de mi habitación, aún en la oscuridad de las noches profundas, o en la incipiente luminosidad del alba.

   Tenían manos mágicas, que se deslizaban con cierta candidez y fragilidad por las paredes, o por los muebles de la casa y por la piel mojada bajo la ducha reparadora.

   Tenían manos mágicas que se hundían en las almohadas y arrugaban las sábanas con tremulaciones indisimuladas.

    Por eso, cuando ellas venían, mi casa se llenaba de amor, y a cada paso que daban, un contínuo canto de pájaros parecían acompañarlas.

   Entonces yo les escribía poemas.
   Uno a cada una, sin nombrarlas.
   Los escribía en las paredes, en los vidrios, en los espejos humedecidos, en las maderas, en las telas, en el papel...  A cualquier hora, tropezándome en el desórden de nuestras ropas esparcidas por el piso, escribía agradecido.

   Yo siempre las esperaba, anhelaba sus regresos.
   Aún a sabiendas que algunas de ellas, sólo podían visitarme de vez en cuando. 
   Que otras aparecían de repente y que otras por equivocación. 
   O todas juntas a la vez.

   Yo siempre las esperaba.
   Y hasta a veces, viajaba a verlas.

   Viajaba de noche, bajo el luminoso reguero de estrellas y con la complicidad de la luna acompañándome y señalándome el camino.

   Viajaba de día, con miles de mariposas alborotadoras que se arrojaban en mi travesía insistente, llena de un ansia que aturdía mis pensamientos obsecados en desahogar mis pasiones.

    Las recuerdo a todas...
    Las recuerdo en sus desnudeces.
    Las recuerdo mordiéndose los labios con agradable ternura.
    Las recuerdo arreglándose con natural delicadeza frente al espejo.
    Las recuerdo acomodándose sus vestidos con esmero.
    Las recuerdo calzándose en un ritual por demás estupendo.

    Ellas se fueron despidiendo de mi. Agradecidas y yo también.

    Lo hicieron con un fuerte apretón de manos. 
    De esos que se dan las personas que no se quieren olvidar. 

    Lo hicieron con un fuerte y caluroso abrazo. 
    De esos que se dan las personas que no se van a olvidar.

    Lo hicieron con un beso. 
    Con un beso enorme. 
    De esos que se dan los amantes en las promesas de no olvidarse nunca jamás.

    Y sin saberlo, me fueron abandonando a mi pertinaz soledad.

José Antonio Ibarrechea
diceelwalter@gmail.com
Copyright 2012  

8 comentarios:

  1. Y sin saberlo, lo fueron abandonando a su pertinaz soledad...
    Noemarioni

    ResponderEliminar
  2. no tanto es el abandono cuando están tan nítidas en el alma. muy bello. me encantó.susana zazzetti

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. No hay abandono Señor Ibarrechea, si los recuerdos son placenteros. Quizás se alejan porque saben que usted se merece que se lo ame todos los días, no "de a ratitos". Pero nunca se sabe...a lo mejor, alguna vuelva.

      Eliminar
  3. Ellas las amantes de papel dejaban el sello imborrable en el cepillo de diente o en el hueco del colchón con los ojos cerrados. Muy bueno Walter!! Felicitaciones!!

    ResponderEliminar

El comentario estará sujeto a la aprobación del equipo y su administrador. Gracias.