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viernes, 11 de enero de 2013

TODO LO QUE LE DEBEMOS AL SEÑOR JOSÉ MARÍA



(Todo lo que le debemos al señor José María)





Una  madrugada de invierno mi bisabuelo se despertó sobresaltado. 
Algo andaba mal, o algo no funcionaba


Se levantó despacio, para no despertar a nadie y revisó primero su dormitorio, luego se asomó al pasillo, encendió la linterna y buscó en los cuartos donde el resto de su familia dormía, incluso hasta se asomó para ver a  los perros del patio. 


Y así llegó hasta el comedor alumbrando, con el temor que tienen los creyentes de las cábalas, lo que tanto creía que algún día sucediera. Y creyó morir.

Me lo imagino todavía con sus ojos tiernos y cansados, su cuerpo buscando aquel viejo sillón donde sentarse y me lo imagino aún con sus manos temblorosas, rascarse la cabeza como me contaba mi abuela..

El viejo reloj de pared enmudeció repentinamente a las tres horas y catorce minutos, y con ello  anunciaba el fin de una era. Como un presagio.

Al otro día, quien sería mi futuro abuelo, llevaba envuelto en papel de periódico bajo el brazo, aquel aparato majestuoso al viejo hospital de los relojes.

Un muchacho joven, que pasado el tiempo sería mi tío José María, acunó al enfermo reloj entre sus piadosas manos, y luego de entregar una simple boleta con fecha de entrega un lunes de primavera, se dedicó a curarlo con garantía de vida por apenas seis meses más.

Mi bisabuelo murió de tristeza, antes de sentir nuevamente el tic tac de sus piezas de bronce.

Mi abuelo construyó su familia alrededor del reloj hasta que una madrugada se levantó sobresaltado.

Y mi padre, que nos vio bailar el rock alrededor del reloj también, en  una madrugada de invierno cansado, solo y triste nos dijo adiós.

La garantía de seis meses, había durado cuarenta años más.

Yo recuerdo a mi tío en sus últimos años de vida, cuando fue entrevistado por algunos nostálgicos periodistas de un renombrado diario, porque era el último relojero de estas tierras. 

El estaba viejo y cansado y sus manos no acertaban a dar con las llavecitas que dan cuerda.

Yo recuerdo aquel aparato cono un edificio donde habitaban algunas audaces arañitas de pared.

Nos daba lástima pasar el plumero por aquellas maderas viejas que escondían el secreto del paso del tiempo. 

Mi padre lo había mirado siempre como algo heredado, y así lo respetaba, en un solemne silencio.

Y me fui de aquella casa, y cada vez que volví su espacio estaba vacío.

Muchos años después, pregunté por el reloj que había arreglado mi tío José María.
Nadie supo decirme quién se lo llevó.
O adónde lo tiraron.
O si lo vendieron.
O si lo regalaron.
O qué.
Hasta se mostraron sorprendidos por mi pregunta.
Ni tampoco supieron decirme con certeza, la hora que marcaba, ni cuando finalizó para siempre su tiempo.

Gracias, por todo lo que te debemos, señor José María.

José Antonio Ibarrechea
Copyright 2013
Córdoba, Argentina.
diceelwalter@gmail.com


1 comentario:

  1. Realmente me pareció lindo ...como todos los recuerdos, me imaginaba el reloj de madera con el péndulo que sonaba...cuando menos lo esperaba, Oscar no sabe que ayer ordenando sus cosas, olvidadas por su accidente, lo rescaté y con él tendrá una hermosa sorpresa. Gracias Walter por éstos relatos..Mirta

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