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viernes, 5 de octubre de 2012

MARIA Y YO


    Si te trepás al dique de Cruz del Eje, y caminás por el paredón haciéndote el macho, sabrás que de un lado está el agua y del otro, el viento que lleva los ángeles al cielo.

    Después de eso puedes pescar, sacar fotos, llorar y otras bestialidades que se te ocurran, mientras nadie te vea.

    Recuerdo que mi señorita maestra me había encontrado la pareja ideal.
    Con Normita bailábamos, hacíamos obras de teatro, representábamos a Próceres, oh, discúlpen por favor, San Martín, Belgrano, Sarmiento y Martín Fierro, Remedios, Merceditas, y La Cautiva. Y que, por culpa de ello, no advertía la presencia extraordinaria, llena de toda belleza, de María.

    María se sentaba a mi lado, me alcanzaba la goma de borrar, me decía cuál de las palabras llevaba hache, me prestaba el compás, me acomodaba el guardapolvo, se reía de todos mis chistes, me dictaba en las pruebas, le sacaba punta a mi lápiz, pasaba el papel secante en mi carpeta, acomodaba mis útiles en los recreos y nos espiaba desde la puerta cuando Normita y yo ensayábamos.
    Ellas no eran amigas.

    Los ojos de María eran dos faroles con luz alta encendida, mientras vos venías de contramano. Pero al acercarte, bajaban la intensidad, pestañeaban, alumbraban al piso y daban la vuelta. Entonces sólo te quedaba el perfume de sus manitos en tu solapas arregladas.

    A veces caminábamos por las calles de la Ciudad, la mismas calles que caminó Don Arturo Illia, sólo para que ella riese a carcajadas, para que tomemos un helado, busquemos mi bicicleta estacionada en la plaza y trepemos de un salto como el Sundance Kid.. Ella sentada en el caño y con los piés cruzados a la altura de los pedales, sus manos en el manubrio y las mías en sus hombros. Yo silbaba "Gotas de lluvia sobre mi cabeza" de Bucharach y Davis.

    En su casa vivían, ella y su mamá, nadie más.
    Al año siguiente, ella estudiaba en la Escuela Normal y yo en la ENET.
    Su mamá nunca la dejó salir a bailar. Allí ponía luz baja en sus ojos y se le empañaban los cristales.

    Aún así, tenía la sana costumbre de ayudarme con algunos ejercicios de matemáticas.
    Entraba a casa atropellando y con luz alta, con autoridad manifiesta del que sabe y susurrando cada una de sus palabras, poniendo distancia, marcando la cancha, para que el indio escondido que tengo, no se me despertara cuando quedábamos solos.

    Tres años más tarde me fui a vivir a la ciudad donde vive la mujer más linda del mundo.
    Al verme llegar, Jerónimo Luis de Cabrera desenfundó su sable made in Toledo, y me mandó a encerrar a la altura del kilómetro cinco y medio de la ruta veinte para que estudie como debe ser.

    Del puesto de guardia para aquí, órden, disciplina, y reglamentos varios.
    Del puesto de guardia para allá, a María se le moría la madre.
    De ahora en más, viviría sola.

    Nos vimos por última vez, el verano del setenta, mientras me trepaba al tren y la saludaba con la mano en alto por la ventanilla, diciéndole que me espere.
    Después del beso en la mejilla, ella cruzó todos sus dedos y con la palma de las manos hacia abajo y a la altura del bajo vientre esbozó aquella sonrisa inolvidable, sus ojos iluminaron la estación y permaneció quieta hasta que nos perdimos de vista, camino a Deán Funes.

    Nunca más vi a María.

    Cuando ascendía por los ciento cuarenta escalones del paredón del dique para ver el agua color verde oliva, me contaron que murió.
    Sola y señorita.
    Siempre esperando.

    Entonces caminé por el paredón haciéndome el macho, sabiendo que de un lado está el agua y del otro, el viento que lleva los ángeles al cielo. Si algún día andan por allá y ven algo, me avisan.










Ibarrechea.
diceelwalter@gmail.com
copyrigth2011

2 comentarios:

  1. ¡Me encantó!!! Seguro que María sigue iluminando la estación de Dean Funes. Ilumina tu recuerdo también...Al.

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  2. Maria es la misma del"Pibe Ibarrechea va a la escuela?" Eso les pasa a los Gitanitos como Usted... Caballero. Mary

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