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jueves, 2 de junio de 2011

IBARRECHEA: JUAN Y EL BOLÚ

Cuando el Interventor Don Rogelio Nores Martínez, disolvió la Compañía de Tranvías, allá por 1962, Juan se jubiló.

Me lo imagino ahora, arrojando su gorra de Guarda al techo del ropero, su camisa gris a la cama de viudo, salir y sentarse a la sombra en el patio de su casa y encender un cigarrillo, esperando que la menor de sus nenas, vuelva del Primero Superior turno tarde de la Escuela.

Juan puso una verdulería en el Barrio San Martín y colgó dos carteles, en el primero se leía claramente "No Se Fía" En el segundo "Horario de 8 a 12 y de 17 a 21 Hs." De ofertas ni hablar.

Cuando Juan cerraba su verdulería, el pesado portón de acero golpeaba contra el suelo en forma ruidosa y calzaba entre las orejas del mismo, el candado protector de sus bienes.

Juan se sacudía las manos en el pantalón, las guardaba en sus bolsillos y volvía a su casa silbando.

Guay! con ustedes, hijos del Juan, si la cena no estaba lista para cuando él llegase, caminando como un Cowboy y empujando las puertas en busca de algún trago fresco.

Diez años después, la hija menor de Juan empezaba a salir conmigo.

Juan no me miraba.
Juan no me hablaba.

La hija menor de Juan me dijo que no debía ir a buscarla a la hora de la cena.

Una noche esperé el silencio que se produce cuando la loza y la vajilla están lavadas y acomodadas y el agua de la cocina deja de correr, para llamar a la puerta.

Salió a atenderme Juan, vi el brillo de sus ojos en la sombra de la noche, bajo la luna de Abril.
Sin decirme ni una palabra volvió a entrar y sentí su aguardentosa voz decirle a su hija menor...
-"Te busca el bolú"

El día que la hija menor de Juan, me dio su "prueba de amor" fue en un recién estrenado hotel del camino al Aeropuerto. Habíamos pedido permiso para ir a tomar un helado frente a la Iglesia San Fermín, pero tomamos un taxi en el boulevar Los Granaderos bajo un cielo nublado de Diciembre.

Después de atender el teléfono para escuchar "Caballero le quedan diez minutos" pedí otro taxi a la habitación nueve.

Afuera llovía como si fuese el fin del mundo.
Los pasajes eran rios.
Las calles eran mares.
Las avenidas eran océanos.

El taxi nos dejó en la esquina de la casa de Juan, todo el mundo estaba en la calle, mojados hasta los huesos, sacando el agua de los zaguanes, de los jardines, de los techos.

Todos, menos nosotros dos, secos y emanando un fuerte tufo a telo.

Juan estaba allí y nos vio bajar del taxi.

El Taxista no me dio el vuelto y se sumergió como el submarino de la película "El Barco" por las calles del Barrio San Martín rumbo a Los Paraísos.

Juan se vino derechito a nosotros, caminando como gallo de riña en una siesta con calor, caminando como Cowboy que va a desenfundar su revólver, caminando como si llevase una sandía debajo de cada brazo y a dos pasos nuestros, Juan se paró.

Me miró fijamente.
Lo miré fijamente.
Nos miramos fijamente.

El no me hablaba.
Yo no lo hablaba.
No nos hablábamos.

El no se movía.
Yo no me movía.
No nos movíamos.

Eramos dos guapos midiéndose en la esquina.
Cómo se miden dos guapos bajo la puta lluvia.
Sin pestañear.











Ibarrechea

3 comentarios:

  1. Y al final qué pasó?
    Muy bueno, buena lectura, electrizante suspenso..
    Me gusta.
    Adelante Ibarrechea.

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